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DISCURSO II.

LA PREPARACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LAS MISIONES

 

"Si fuéramos mandados a erigir para el Espíritu Santo un templo de madera y piedra, por ser Dios el único objeto de adoración, sería una prueba clara de su divinidad. ¡Cuánta más clara pues es la prueba ya que no somos mandados a hacerlo, sino a ser nosotros sus templos!"—Agustino.

"El mora en las almas del pueblo cristiano, por lo cual ya no están en el estado sencillo y natural en que nacieron, sino en un estado nuevo y sobrenatural. En morar él en ellas, y en todas las grandes cosas que pertenecen a ello, consiste la operación por la cual la humanidad perdida en Adam, es restaurada en Cristo."—Moberly, "Administración del Espíritu."

 

II.

LA PREPARACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO EN LAS MISIONES

"La historia de las misiones modernas", como se ha dicho bien, "no es más que una continuación de la de los Hechos de los Apóstoles." Y ¿qué cosa es los "Hechos de los Apóstoles", sino el primer capítulo de la historia del Espíritu Santo en la Iglesia? ¿No se han desarrollado de continuo los últimos capítulos de aquella historia, dejando ver que son substancialmente idénticos a los primeros? Y ¿no sería patente esta identidad, si la narración fuera escrita por una pluma inspirada? Lo creo realmente. Y será el designio de este discurso, demostrar que exactamente la misma preparación e inspiración, han sido dadas por el Espíritu Santo para las misiones modernas que las que fueron proveídas para las misiones primitivas.

Si leemos la última exposición de la gran comisión, como está narrada en Hechos 1:8, encontramos que el orden de los acontecimientos es como sigue:

Primero, el descenso del Espíritu: "Mas re-

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cibireis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros"; y segundo, la salida de los evangelistas: "Y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra."

Este orden en la comisión, se mostró que era el mismo en la historia de la Iglesia. En el mismo párrafo que nos dice que los discípulos "fueron todos llenos de Espíritu Santo" se halla la declaración de que "comenzaron a hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen", dirigiéndose a hombres "de todas las naciones debajo del cielo"; y un poco más adelante leemos que los discípulos "iban por todas partes anunciando la palabra."

La historia de las misiones más modernas ha sido en este respecto el facsímil repetido de esta historia de las misiones apostólicas. No es menester referir lo que es familiar a todo lector de la historia—la narración del decaimiento gradual de las misiones evangélicas, subsiguiente a la entronización de la Iglesia bajo Constantino. Pero quisiéramos recordar este hecho: donde quiera, en cualquier siglo, si en un solo corazón, o en una compañía de creyentes, ha habido una efusión nueva del Espíritu, ha seguido inevitablemente un nuevo esfuerzo en la obra de evangelizar el mundo.

La Iglesia Romana escribe en la lista de sus misioneros ilustres, el nombre de Ulfilas, el apóstol de los godos en el siglo cuarto, y el de Xavier, el misionero del Oriente en el siglo dé-

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cimo sexto. ¡Pero cuán grande la sima entre estos dos hombres! Aquél era un discípulo del Espíritu Santo, que, dependiendo del Espíritu en la Palabra, para la conversión de los hombres a Cristo, tradujo la Biblia a la lengua bárbara de su pueblo, a fin de que fuese engendrado de nuevo por la palabra de verdad; éste era el soldado de una jerarquía que procuraba hacer conquistas por medio de ordenanzas carnales, y nunca dio las Escrituras a aquellos a quienes iba—lo cual demuestra, cuan completamente, al período de la Reforma, habían desaparecido las misiones apostólicas de la Iglesia Romana ortodoxa.

Pero en medio de éstos dos, escogemos a uno de los más grandes misioneros de cualquiera siglo, como un ejemplo de la declaración que acabamos de hacer.

En Colombo del siglo sexto, el apóstol de los escoceses, encontramos a un misionero de estilo apostólico. Un reformador antes de la Reforma, podría ser llamado, por el vigor con que se emancipó de los errores crecientes del Obispo de Roma. Nosotros preferimos llamarle, un apóstol después de los apóstoles, al ver cuán literalmente reprodujo los rasgos de la piedad primitiva. El Espíritu Santo en la Palabra, era su gran confianza para transformar a los corazones salvajes a quienes ministraba; y que el Espíritu Santo en su propio corazón, le haría un predicador eficaz de la Palabra. ¡Hombre admirable! ¡Qué vida tan transfigurada vivió

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en Iona, su pequeño Patmos, en medio del mar! Dice de él su biógrafo Adamnan, que "en apariencia era angélico, gracioso en su habla, santo en trabajo, con talentos de los mejores, y de una prudencia consumada. Tan incesantemente estaba ocupado de día y de noche en el ejercicio incansable de ayunar y velar, que la carga de cada uno de estos ejercicios parecería insoportable. Y no obstante, en todos éstos, fue amado de todos; porque un santo gozo que irradiaba su rostro, revelaba el gozo y la alegría con que el Espíritu Santo llenaba su alma."

En un día de verano, hace cuatro años, visité las ruinas de su monasterio en Iona, y me parecía era el lugar más sagrado en el norte de Europa. Desde aquella isla rocosa y desierta evangelizó a toda Escocia, y ganó a su pueblo salvaje para Cristo. Si la Escocia tiene una deuda incalculable con Knox, por haber reformado el cristianismo en su tierra, ¿qué no debe a Colombo por haberlo plantado allí, y plantádolo tan firmemente? Ningún cristiano, sea católico o protestante, puede dejar de admirar a Francisco Xavier por su celo ardiente y la consagración maravillosa que caracterizaron su carrera misionera en la India y China. Pero por haber Xavier confiado en los sacramentos, en vez de en las Escrituras; en los ritos eclesiásticos en lugar de en la regeneración espiritual, casi no dejó ningunos resultados permanentes de sus prodigiosos sacrificios y trabajos, de modo que sus propios colaboradores

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tienen que confesar que no se necesitaron sino unos pocos años para borrar, en su mayor parte, los resultados de su obra1.

Pero en cuanto a Colombo sucedió exactamente lo opuesto. El "Hombre de Dios", y la "Palabra de Dios"—éstos eran el agente y el instrumento de su conquista misionera. El Hombre de Dios lleno del Espíritu Santo, y la Palabra de Dios animada con el Espíritu inspirador — confiando en estas agencias divinamente escogidas para la evangelización del mundo, los resultados del ministerio de Colombo fueron prodigiosos; de modo que el historiador de las misiones no exagera al escribir:

"A este hombre solo el mundo lo debe, que no sólo el nombre escocés, sino todo el carácter y los resultados dados a entender con ese nombre, desde entonces, fueron dados al pueblo de la Britania septentrional"2.

Al repasar aquel largo y lúgubre período que llamamos la "Edad Media", en la que la Iglesia Romana había casi enteramente confundido la idea de las misiones evangélicas con la de las conquistas eclesiásticas por medio de

1. Mientras hablamos así de los métodos misioneros de Javier, concedamos la más grande reverencia al hombre mismo, y recordemos su grito apasionado: "Con frecuencia se me ocurre ir a las Universidades todas de Europa, gritando como una mujer a todos los hombres instruidos cuya sabiduría es mayor que su caridad: ¡Ah! ¡Qué multitud de almas están quedando fuera del cielo por vuestra culpa!"

2. "Corta Historia de las Misiones", de Smith (pág. 66).

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las armas, la diplomacia y la persecución, es grato descubrir acá y allá ejemplos de la renovación del primitivo celo apostólico por la predicación del evangelio a los paganos. Escogemos un ejemplo del siglo trece—Raimundo Lull—el cual en 1292 vino a ser el primer misionero a los mahometanos, un misionero de la escuela primitiva que era entonces casi anticuada.

En primer lugar observamos el avivamiento del Día de Pentecostés, en el corazón de este joven noble. Visitado por una efusión abundante del Espíritu, tuvo una experiencia tan profunda y verdaderamente evangélica, que ha sido comparada apropiadamente con la "Gracia Abundante" de Bunyan. Luego siguió el impulso pentecostal, el cual él repitió literalmente, de vender todas sus posesiones y bienes, y repartirlos a todos, como cada uno había menester; y juntamente con esta cesión de sus bienes, la más absoluta consagración de su persona al Señor Jesús. Escucha su patética oración de consagración: "A tí, oh Señor Dios, me ofrezco a mí mismo, a mis hijos, y todo lo que poseo. Que te plazca a tí que te humillaste para sufrir la muerte de la cruz condescender a aceptar todo lo que te doy, para que yo, y mi mujer y mis hijos seamos tus humildes siervos."

No nos sorprende que después de esta consagración, se manifestase inmediatamente un ferviente celo misionero. Este celo se expresó en fervientes oraciones por la restauración del

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espíritu primitivo en la Iglesia, a fin de que sus ministros tuviesen el impulso de salir para las tierras paganas como testigos de la muerte y resurrección de Cristo; y mientras oraba, meditaba planes profundos en su corazón, para "la formación de instituciones donde pudieran aprenderse varios idiomas a fin de poder predicar a los incrédulos. Así es que siglos antes del tiempo de Carey, hallamos que la idea misionera revivió en un corazón noble, en el corazón de un hombre tan celoso, y tan grande en cuanto a sus dotes intelectuales, que a haber encontrado una Iglesia que la secundara, o un período responsivo a sus ruegos, podría haber hecho que el siglo catorce fuese lo que ha sido el siglo décimo nono—el "Siglo de misiones."

No tenemos tiempo para bosquejar la carrera ardiente, impulsiva y heroica de este poderoso hombre de Dios—un misionero cuyo superior no ha nacido durante los siglos cristianos. Escogió como el objeto de sus trabajos, a un pueblo entre el cual los que profesaban la conversión, tenían que sufrir la muerte; y después de trabajar incansablemente por su salvación, fue apedreado como Esteban, y así murió. Le hemos citado como un ejemplo de nuestra declaración de que en donde quiera, en un solo corazón o en una comunidad cristiana que sucede una efusión del Espíritu de Pentecostés, hay un avivamiento del celo misionero. La vida y los escritos de Raimundo Lull merecen ser es-

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tudiados por cada estudiante cristiano; y sus palabras memorables pueden servir como un lema para todos nosotros: "El que no ama no vive; y el que vive en Cristo no puede morir."

El siglo nono lo llamamos rectamente el "siglo de las misiones." Pero no debemos suponer que la Iglesia se levantó de un salto, de la inercia de la Edad Media y, del período que siguió a la Reforma, con respecto a la gran comisión, a las sublimes hazañas evangélicas del presente siglo. El siglo décimo octavo fue la grada que condujo al décimo nono, y Schwartz y Ziegenbalg fueron los precursores de Carey y Judson. Y el siglo décimo séptimo sirvió de preparación para el décimo octavo, y el Barón Von Welz fue el precursor de Schwartz y Plutschau —Von Welz fue tan dominado por la idea misionera que, después de rogar patéticamente, pero en vano, a la Iglesia Luterana que diera el evangelio a los paganos, renunció su título1 y sus haciendas y se dio a sí mismo, yendo de su propio peculio a la Guinea Holandesa, donde no tardó en llenar un sepulcro solitario.

Quiero dar énfasis al hecho de que el movi-

1. Oíd la noble vindicación de Von Welz, de la renunciación de su título: ¿Qué es para mí el título de "bien nacido", cuando he renacido en Cristo; qué es para mí el título de Lord, cuando deseo ser siervo de Cristo; qué el ser llamado "Su Gracia", cuando necesito la gracia de Dios, su ayuda y socorro? Yo renuncio a todas estas vanidades y a todo lo demás; quiero estar a los pies de Jesús mi amado Señor, sin tener obstáculo para servirle rectamente.

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miento misionero en todos los siglos, ha nacido de un poderoso avivamiento espiritual en corazones cristianos. Pietismo es el nombre con que fue conocido aquel avivamiento del siglo décimo octavo; "Metodismo" es el nombre con el cual llegó a conocerse en el siglo décimo nono. Franke y Spencer fueron los promotores más conspicuos del movimiento pietista en la Iglesia Luterana, del siglo décimo octavo, así como Wesley y Whitefíeld lo fueron del movimiento que culminó en el siglo décimo nono. Estos nombres fueron tan odiosos a los eclesiásticos de la generación a que pertenecieron, como nos son caros en estos días, a nosotros que hemos estudiado sus vidas y escritos. Un avivamiento de la piedad primitiva, siempre trae por resultado un avivamiento de la persecución primitiva. Pero qué obra tan grande a favor del mundo hacen siempre aquellos que vuelven a abrir los antiguos manantiales del cristianismo, limpiándolos del sedimento que se ha acumulado, y buscando nuevos canales para que salgan sus aguas a la humanidad.

Herman Franke, profesor de teología en Halle no promovió originalmente un movimiento; pero "como un maestro consumado", dice uno, "despertó en los que tuvieron contacto con él, un espíritu de consagración absoluta al reino de Dios, tal como él mismo lo poseía en el grado más alto. Este espíritu los puso listos para ir a donde quiera que había necesidad de ellos. Así sucedió naturalmente que él nombró misioneros,

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que se hiciera su consejero y que consiguiera para ellos en su patria, comitentes que oraran por ellos y contribuyeran para su manutención."

Spener en Berlín, se afanó principalmente en restaurar la vida al cristianismo muerto y a la ortodoxia estéril de su generación. Fue odiado por los cristianos formulistas con un odio que nos parece inexplicable a nosotros que sabemos de ello hoy; pero creemos que fue un hombre muy amado de Dios. Y por vivir tan cerca del corazón del Varón de Dolores, tocó el corazón de nuestra humanidad doliente, y anheló con deseo intenso la salvación del mundo perdido. Leed lo siguiente de su pluma: "Incumbe a la Iglesia toda, no debe ella ser deficiente ni en celo, ni en labor, ni en dinero, para que los pobres paganos e infieles sean atendidos. ¿Por qué ha de renunciar la Iglesia a el derecho que ha tenido a todo el mundo? Si reclama el derecho ¿por qué no hace lo posible para obtener la posesión? No podemos decir que Dios ha negado semejante ayuda y gracia a aquellas pobres gentes. ¿Por qué, pues, no hemos de esforzarnos para hacerlas participantes de aquello que nadie afirma serles negado por la compasión divina?" La apelación de la que fueron tomadas estas sentencias, suena como una hoja del famoso sermón de Carey, del cual, según dicen, nació la era de las misiones modernas.

¡Qué omnipotencia hay en la vida espiritual! Pietismo, misticismo, puritanismo, metodismo, Hermanismo, stundismo, y que sé yo cuáles

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otros, son los nombres dados por burla a aquellas renovaciones del Pentecostés, a aquellos avivamientos de la espiritualidad primitiva que han aparecido repetidas veces en la Iglesia de Cristo. Cuanto más los hombres se han burlado de estos movimientos, más los ha bendecido Dios.

¡Qué vitalidad tan tremenda debería haber habido en el movimiento pietista en Alemania, para que una alta autoridad de la historia misionera, afirmara que Felipe Jaime Spener fue el padre espiritual de la Misión Danesa Halle, y Augusto Hermann Franke, por Zinzendorf, el padre de las misiones moravianas—el más grande movimiento evangélico, en algunos respectos, en la historia de la Iglesia.

A fin de demostrar más específicamente la acción del Espíritu Santo al inaugurar las grandes eras misioneras, estudiemos ligeramente las vidas de unos pocos de los grandes leaders en los movimientos de los siglos décimo octavo y décimo nono.

En una humilde choza en Pulsnitz, una pequeña población de Sajonia, cerca de Dresden, casi al fin del siglo décimo séptimo, una madre cristiana moribunda había hecho llamar a sus hijos en derredor de lecho para despedirse de ellos. La familia era de las más pobres; pero la madre asombró a sus hijos diciéndoles: "He guardado un gran tesoro para vosotros — un tesoro muy grande." Impaciente por poseerlo, uno de los niños preguntó: "¿Dónde está, ma-

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dre?" "Buscadlo en la Biblia, hijos míos", respondió ella: "y lo encontraréis; no hay ni una página que yo no haya mojado con mis lágrimas." En aquella familia hubo un joven para quien las lágrimas y oraciones de aquella madre, fueron el principio de un Pentecostés, aún en su niñez. Pasó por los ejercicios espirituales más profundos, hasta que al fin "el gozo y luz confortante del evangelio, brillaron en su alma." En seguida lo vemos en Berlín y en Halle estudiando bajo la poderosa influencia espiritual de Franke y Lange, hasta que, sean cuales hayan sido los otros honores de la universidad ganados o perdidos, salió con el odiado apodo de "pietista" añadido a su nombre, y con todo el poder espiritual que representa ese nombre. Bartolomé Ziegenbal es el renovado nombre con el cual conocemos a este joven. Fue el primer misionero protestante que pisó las riberas de la India: y desde el día de su desembarque, el 9 de Julio de 1706, hasta el día de su muerte prematura el 23 de Agosto de 1719, cuando falleció cantando "Jesu meine Zuversicht"—"Jesús mi confianza"—obró tan bien, que ganó del Dr. Duff el encomio que "así como fue el primer misionero a la India, no fue inferior a ninguno, y sí difícilmente superado por alguno de los que le han seguido."

Miremos otra escena de familia. Esta vez en Sonnenberg. en Alemania. Una mujer cristiana estaba moribunda, pero antes de dejar de existir dice en voz baja a su marido que llora

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a su cabecera un secreto: "He dedicado a Dios, a nuestro hijo más joven para que haga el servicio para el cual El le llame. Prométeme que cuando oiga el llamamiento del Señor, no le desanimarás." El joven a que se hizo referencia en esta conversación no fue otro que Cristiano Federico Schwartz. Exactamente como en el caso de Ziegenbal, este joven pasó de la escuela preparatoria de las oraciones y enseñanzas de su madre, a participar de la educación más alta de Franke en Halle. En la atmósfera del Espíritu Santo en la cual este admirable profesor vivía, brotaron los gérmenes de la consagración maternal; y el joven Schwartz pronto volvió a casa para decir a su padre que seguramente Dios le había llamado a la vida de misionero en la India. El padre se retiró al aposento santificado por la muerte santa de la madre; y después de luchar tres días con los sentimientos de su atribulado corazón, puso a su hijo más joven sobre el altar de Dios. A los veinte y tres años de edad, Schwartz se embarcó para la India para emprender su difícil carrera; y durante cuarenta y tres años hizo una obra tan heroica y tan excelente, como ningún soldado de Cristo haya hecho en algún tiempo. ¡Qué ingenio misionero combinado con el heroísmo y abnegación, misioneros exhibió este embajador del Salvador! De modo que un juez sincero ha dicho de él que "para el pensamiento cristiano y para la historia de la Iglesia, él es tal vez la figura más conspicua en la India, de

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aquel siglo décimo octavo."

Puede decirse que el Conde Zinzendorf recibió su primera educación de los pietistas. Spener fue uno de sus padrinos; su abuela y su tía, que le criaron, eran de la misma escuela; y a la edad de diez años fue puesto bajo la tutoría Inmediata de Franke en Halle. Como resultado de semejante cultura, se hizo un santo desde su infancia, si se nos permite decirlo así. A los cuatro años de edad hizo el pacto con Cristo: "Seas tú, querido Salvador, mío, y yo seré tuyo." Su dicho famoso, el que Tholuck adoptó como su lema—"Tengo una pasión, y es El, y El sólo"—fue la clave de toda su vida. Habiéndose consagrado de una manera tan completa, no es extraña que pronto la idea misionera tomara posesión completa de él; que con su ardiente confesión: "Desde ahora aquel lugar es mi hogar donde puedo tener la mayor oportunidad de trabajar para mi Salvador", tuviese la honra de llegar a ser uno de los fundadores misioneros más eminentes de cualquier siglo.

Teniendo presentes estos tres nombres—Ziegenbald, Schwartz, Zinzendorf—tenemos una ilustración amplia de lo que puede el Espíritu Santo, operando por unos pocos hombres consagrados, en la inauguración de un nuevo movimiento misionero. Franke y sus compañeros creyentes criaron a estos misioneros maestros en la vida del Espíritu, y los educaron para su alta vocación a la que fueron conducidos por un impulso irresistible. Creo que no sería una

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exageración afirmar que, justamente con tanta claridad como podemos descubrir el movimiento misionero del primer siglo en la pequeña compañía que fue bautizada en el Espíritu Santo, en el Día de Pentecostés, así podemos encontrar el origen y la inspiración del movimiento misionero del siglo décimo octavo, en los corazones de aquella pequeña compañía de pietistas alemanes de quienes Spener y Franke fueron los leaders más conspicuos. Sin embargo, lo repetimos, que estos hombres no se interesaban principalmente en la empresa misionera. Fueron conmovidos de pesar profundo, por la ortodoxia muerta y el estéril formulismo de su tiempo, y procuraron ansiosamente restaurar la vida del Espíritu Santo a la Iglesia Luterana. Pero restaurar es revivificar; la vida engendra la actividad, y no podía menos que haber un avivamiento misionero como resultado de este avivamiento evangélico. Jesús Cristo es el verdadero antitipo de "la vara de Aarón que reverdeció." La historia es familias—Como cuando todas las varas de todas las otras cabezas de tribus estaban secas y sin vida, la vara de Aarón echó flores de almendra; y como fue guardada dentro del arca del concierto y viajó con la Iglesia en el desierto durante todas sus peregrinaciones; así Cristo en la persona del Espíritu Santo, está en su Iglesia en todas sus peregrinaciones por este mundo hasta el fin. Cuando los episcopados históricos y los establecimientos eclesiásticos, y los sistemas sa-

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cerdotales se han marchitado y dejado de dar fruto, este Cristo que mora en su Iglesia, puede reverdecer con nuevos ministros y dar fruto en nuevas empresas misioneras. Cuando en algún período de la historia de la Iglesia, se ha levantado una pequeña compañía, tan rendida al Espíritu y tan llena de su presencia que se presentan como instrumentos blandos a su voluntad, entonces ha amanecido un nuevo Pentecostés en el cristianismo, y como consecuencia la gran comisión ha vuelto a publicarse; y después de una nueva permanencia en Jerusalem para recibir la investidura de poder, se ha visto darse un nuevo testimonio a favor de Cristo desde Jerusalem hasta los confines de la tierra. El pietismo no era un nuevo río de vida misionera que se rompió en la Iglesia; fue más bien un nuevo cauce para el antiguo río, que por mucho tiempo había estado estorbado por la mundanalidad de la Iglesia. Así como en el cauce de un río que casi ha desaparecido en el tiempo de una seca prolongada, hay siempre un arroyo escondido que, aunque no sea sino un arroyuelo pequeñísimo, no obstante basta para mantener la continuidad del río, así es en la historia de la Iglesia—sus manantiales nunca se secan completamente, ni aun en la generaciones de la apostasía más estéril. Señalamos en las misiones moravas a Zinzendorf, y más allá de Zinzendorf a Franke, pero todavía no hemos ido bastante lejos. Podríamos seguir el hilo de influencia espiritual hasta los mártires de Bohemia

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del siglo quince, y observar que, así como se dice que el manantial vivo brotó en la cárcel del mártir en Roma y ha seguido hasta el día de hoy, así este río de evangelismo, brotó de las cenizas de Juan Huss, después de que, como mártir de Jesús, había entregado su vida en las llamas de Constancia. Tal es el poder inconquistable de la vida divina en la Iglesia, y tal el irreprimible impulso misionero que aquella vida está segura de engendrar, siempre que haya un nuevo avivamiento.

Habiendo indicado brevemente las fuentes del movimiento misionero del siglo décimo octavo, vamos ahora a considerar el origen de aquél, del siglo décimo nono. No es menester decir cuan generalmente los historiadores de las misiones extranjeras han señalado con énfasis la relación de este movimiento con el gran avivamiento evangélico con el que están tan íntimamente asociados los nombres de Wesley y Whitefield. Es profundamente interesante observar que este avivamiento fue un avivamiento de otro avivamiento. Hay una sucesión apostólica verdadera, por la cual el Espíritu Santo es comunicado de generación en generación; [la palabra apóstol significaba originalmente "embajador" o enviado especial de Cristo, uno comisionado directamente por El; cuando el autor habla aquí de sucesión apostólica, debe entenderse ésta sucesión como la transmisión de la fe y el espíritu apostólicos, no del oficio en sí, como el mismo autor aclara más adelante él no implica una línea sucesoria, tampoco una ordenación o intervención eclesiástica visible]. Esta sucesión rara vez se halla limitada a los cauces y canales sacerdotales, sino que puede trazarse antes en lo que llama Harnack "ciertas corrientes escondidas de tradición" que han seguido fluyendo escondidamente de siglo en siglo.

Así como el moravismo nació del pietismo,

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así el metodismo nació del moravismo. Es extraño ver a Juan Wesley, un estudiante del colegio Lincoln en la Universidad de Oxford, sentado a los pies de Cristiano David, el carpintero y predicador moravo en Herrnhut. Pero en este caso, como sucede con tanta frecuencia en la Iglesia cristiana, el tesoro de vida e iluminación espirituales fue hallado escondido en un vaso de barro, para que la alteza del poder fuese de Dios y no de los hombres. Por Pedro Bohler, otro predicador de los Hermanos, Wesley había sido profundamente convencido de su esterilidad espiritual, y ha sido la costumbre decir que el gran leader metodista debió su conversión a los Hermanos moravos. Creo que la evidencia demuestra que estaba verdaderamente regenerado mucho antes de este tiempo. Pero la experiencia que se nota con tanta frecuencia en los Hechos de los Apóstoles volvió a reproducirse en este caso. "¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?" pregunta Pablo a ciertos cristianos de Efeso. Eran creyentes; eran discípulos; pero hasta ahora estaban ignorantes de aquel otro grado más alto. la investidura del Espíritu. Así fue con Wesley; era evidentemente un discípulo sincero de Cristo, así como era por cierto un teólogo instruido. Pero tenía hambre de algo más profundo que hasta ahora no sabía definir. Este hombre ignorante de Herrnhut, extraño es decirlo, tenía el secreto que estaba escondido a su hermano sabio y prudente. Y al escuchar

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ávidamente los discursos de Cristiano David, encontró que sus palabras eran tan satisfactorias que escribió: "De muy buena gana habría pasado mi vida aquí; pero llamándome mi Maestro a trabajar en otras partes de su viña, fui constreñido a dejar este dichoso lugar." Herrnhut parece" haber sido para Wesley otro Pentecostés, por el cual salió investido del poder de lo alto.

No quisiéramos dar a entender sin embargo, que este poder estuvo restringido a la capital morava como su centro o fuente. Si tomamos la fecha de la visita de Wesley a Herrnhutt y la llevamos a otros partes del mundo, veremos que había en este tiempo un movimiento general del Espíritu en el mundo cristiano. Fijaos en la fecha, 1738, y observaréis que era un annus mirabilis en la historia de la Iglesia.

Abriendo la biografía de David Brainerd hallaremos que fue en el invierno de ese año, cuando este joven entró en el trabajo de pescador de almas, del cual nació un misionero tal, que la Iglesia ha visto rara vez. Parece que Brainerd nunca alcanzó aquella triunfante libertad espiritual, de la cual sus hermanos al otro lado de la mar habían aprendido el secreto, porque durante toda su vida hay un tono de melancolía y condenación de sí mismo en sus experiencias escritas, que es profundamente doloroso. Pero que recibió el Espíritu en su plenitud y que por el poder del Espíritu fue conducido a la más absoluta consagración a su Sal-

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vador, no puede haber duda. Así como Jorge Fox, el cuáquero, rogó ser "bautizado dentro del entendimiento de todas las condiciones, a fin de poder sentir las necesidades y pesares de todos", Brainerd anheló y pidió aquella absorción completa en la voluntad divina, por la cual fuese indiferente a toda circunstancia exterior de malestar y aflicción, si sólo le era permitido dar a conocer el nombre de Cristo a los que perecían. Hasta dónde logró esta condición, está indicado por la siguiente cita de su diario, tomando en cuenta que el que la escribió era uno de los más humildes de los hombres: Dice así:

"Heme aquí, oh Señor: envíame a mí; envíame a los fines de la tierra; envíame a los rudos y salvajes paganos de los bosques; apártame de todo lo que se llama comodidad en la tierra;

envíame aún a la misma muerte; con tal de que esté en tu servicio, promoviendo tu reino."

Precisamente en el mismo período — desde 1737 hasta 1739—Jonatán Eduards pasaba por aquellos incomparables ejercicios espirituales en los que, como declara, las manifestaciones del Espíritu eran tan poderosas, que durante horas enteras estaba "inundado en lágrimas, llorando en alta voz", mientras "Dios en las comunicaciones de su Espíritu Santo parecía ser una fuente infinita de gloria y dulzura divinas, siendo del todo suficiente para llenar y satisfacer al alma, derramándose en comuni-

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caciones gratas, como el sol en su gloria dulcemente difunde luz y vida."

¿No recordamos que cuando la nueva era amaneció en la Iglesia apostólica—la apertura del reino de los cielos a los gentiles—fue inaugurada por una especie de nuevo Pentecostés, de modo que Pedro dijo, "El Espíritu Santo cayó sobre ellos como sobre nosotros en el principio"? Mirando el grupo de Northampton—Jonatán Eduards y la Sra. Eduards, David Brainerd y Jerusa Eduards, su prometida—y leyendo la descripción de sus ejercicios extraordinarios espirituales en este tiempo, podría uno deducir que estaba para amanecer en la Iglesia, alguna época notable. En el caso de Eduards y Brainerd vemos la repetición literal de la experiencia de Isaías como está narrada en el capítulo sexto de su profecía—una visión abrumadora de la gloria de Dios; y como consecuencia de esto, un terrible sentido de pecado y ruina; luego el tocamiento de los labios con el fuego de Dios, y en seguida la exclamación: "Heme aquí; envíame a mí."

Como siempre, la piedad seráfica despertó el odio de una Iglesia mundana. Eduards, como Spener, fue arrojado de su púlpito por el espíritu mundano en su iglesia, y el gran teólogo llegó a ser misionero de los indios Stockbridge. Brainerd, por una indiscreción de entusiasmo religioso, fue expulsado del colegio Yale y se le rehusó su grado, aunque, en unos pocos años,

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ganó para sí el grado de Maestro Misionero en los bosques de América.

Ahora crucemos la mar y veremos que fue en el mismo año, 1738 cuando Carlos Wesley empezó su vida nueva de fe victoriosa, y en el que Juan Wesley halló el secreto de la paz, entre los hermanos humildes de Herrnhut. Seguramente estaba Dios preparando algún movimiento importante en su reino, cuando echó mano al mismo tiempo en dos continentes, de hombres como éstos y los ungió con el Espíritu Santo. Y así sucedió. El metodismo se originó en este tiempo bajo la predicación de los Wesley y sus colaboradores. Pero el metodismo no es tanto el nombre de una denominación de cristianos, como lo es de un movimiento del Espíritu Santo en la Iglesia1. No fue una empresa misionera extranjera; pero fertilizó el suelo estéril del cristianismo, que en este tiempo estaba marchito por el formalismo y la apostasía, y empezó a dar misioneros espontáneamente. Es la exacta reproducción de la historia del pietismo—una nueva era de vida espiritual resultando en una nueva era de evangelismo. Podríamos decir más bien que es la historia

1. El Dr. Haweis, un clérigo de la Iglesia de Inglaterra en tiempo de los Wesley, dice: "Esta actividad en la causa de nuestro Gran Redentor, es llamada en este país "Metodismo", término general que usualmente designa una energía más que ordinaria en el trabajo del Señor, muy semejantemente como el mismo espíritu es llamado en Alemania Pietismo."

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del Pentecostés repetida exactamente. Por lo regular es solamente una pequeña compañía la que es llamada al cenáculo para recibir el bautismo del Espíritu Santo y de fuego; pero ellos lo reciben para toda la Iglesia, y por medio de una especie de imposición espiritual de manos, es comunicado de uno a otro hasta que multitudes participan de la bendición. Así fue con el pequeño grupo de leaders metodistas; el fuego de su altar encendió corazones en muchas partes hasta que todo el cristianismo fue inflamado por él. Examinemos en unos pocos ejemplos, la extensión de esta iluminación.

Juan Newton de Olney no es contado como metodista; pero su correspondencia con Wesley demuestra cuán verdaderamente estaba en la corriente del gran movimiento, y cuán ricamente participó en el nuevo bautismo; [en la época del autor no había la idea carismática del bautismo del Espíritu Santo, cuando él decía "bautismo" del Espíritu Santo, él quería decir "llenura" del Espíritu Santo; el término "bautismo" es aplicado en el Nuevo Testamento a la recepción única y definitiva del Espíritu Santo cuando alguien recibe el evangelio de su salvación y no es algo que se reitere, en cambio la llenura sí debe buscarse continuamente; la confusión pudo deberse al hecho de que en Pentecostés, el "bautismo" del Espíritu fue coincidente con la "llenura" del Espíritu]. Newton comunicó el fuego divino a Tomás Scott, que hasta este tiempo, como sabemos por su propia confesión, era un eclesiástico formal, sin ninguna experiencia de la gracia del Espíritu en su corazón. En el fervor de su nuevo amor, Scott predicó de tal manera la palabra, que un joven de su congregación, fue poderosamente avivado. Aquel joven era Guillermo Carey. Subsiguientemente, Carey leyó el diario de David Brainerd y recibió de él su impulso más permanente, para la consagración misionera. También: Juan Newton crió en el amor de Cristo y en la vida del Espíritu, a un joven escocés que por casualidad entró en su congregación en Londres. Es-

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te joven, sintió la influencia del movimiento evangélico y fue profundamente afectado por él; y no fue otro, sino Claudio Buchanan, que, unos pocos años más tarde, fue a India y llegó a ser uno de los más poderosos promotores de las misiones y de las traducciones bíblicas en aquel país. Publicó un tratado intitulado "La Estrella en el Oriente", el cual, cruzando el océano, cayó en las manos de Adoniram Judson, entonces estudiante en Andover, y le hizo resolverse a dar su vida al trabajo de las misiones extranjeras. Qué clase de embajador de la cruz llegó a ser éste, todo el mundo lo sabe; Teodoro Parker declaró que "si el movimiento misionero moderno no hubiera hecho otra cosa que producir un Adoniram Judson, justificaría todo su costo."

También: Carlos Simeón llevó el fuego del nuevo Pentecostés a la Universidad de Cambridge. Como siempre, la devoción tuvo que arrostrar el escarnio, y el santo hombre fue burla y mofa de los estudiantes y los ciudadanos, y los nombres de pietista y metodista fueron arrojados a él en toda ocasión, hasta que su corazón sensible a menudo estaba cerca de quebrantarse por el pesar. Pero ¿qué importaba? Dios lo dio en esos años a Enrique Martyn, el misionero de amor y compasión incomparables, el cual, mirando a los paganos, escribió; Vertiendo lágrimas intercedía por los desafortunados naturales de este país, pensando dentro de mí, que el sudra más despreciable de la India

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valía tanto a la vista de Dios, como el Rey de la Gran Bretaña"1. Hemos trazado la corriente principal del movimiento misionero del siglo décimo nono; pero nuestro estudio no estaría completo, sin una referencia a otra corriente que tuvo su origen en Alemania, un poco después.

Guillermo Carey llegó a ser, en la providencia de Dios, el padre de las misiones organizadas— habiéndose fundado más de mil sociedades, como sucesoras de la que fue formada en 1792, principalmente por su instrumentalidad. Juan Evangelista Gossner, nacido cerca de Augsburg doce años después del nacimiento de Carey, puede llamarse el padre de las misiones de fe, que se han hecho cada vez más prominentes hacia el fin de este siglo. Me valgo de la frase "Misiones de fe", aunque describe muy imperfectamente una clase de empresas evangélicas cuya historia y resultados merecen nuestra atención mas profunda.

La Gran Comisión es también un gran permiso; siendo su mandato divino de que se predique el evangelio a toda criatura, nada menos que la autoridad divina para sacar del tesoro del cielo todos los fondos necesarios para obedecer este mandato. Esta es sustancialmente,

1. Es profundamente interesante observar cómo el Dr. Duff también traza su linaje espiritual hasta Simeón (Véase "Vida de Alejandro Duff", por Thomas Smith, D.D., página 18).

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la conclusión a que llegó el Pastor Gossner cuando, a los sesenta y tres años de edad, estando descontento con los métodos mecánicos de levantar dinero y dirigir las misiones, que se practicaban tan generalmente, inauguró una nueva empresa evangélica, en la cual, la fe y la oración habían de ser los factores principales. Es notable que al buscar las influencias que determinan el carácter de este hombre singular, lleguemos de nuevo a los manantiales puros y evangélicos del pietismo.

Hubo un poderoso avivamiento cerca del fin del último siglo en Bavaria, y en la misma Iglesia de Roma, con respecto al cual un escritor eminente expresa su sorpresa de que "un movimiento tan profundo, y que se extendió por años con la rapidez de un incendio, atisbado y esforzado por la persecución, cesara casi sin resultados. Pero no cesó; como no ha cesado un impetuoso riachuelo de los Alpes, cuando se ha arrojado en una caverna subterránea para volver a salir espumoso y alegre, en los campos verdes, al pie de la montaña. El evangelista Gossner era sin duda el fruto directo y la fuerza permanente, de la cual resultó aquel avivamiento. Era un sacerdote de la Iglesia de Roma, en la que había nacido y había sido educado. Martín Boos fue el Lutero de aquel período; se echaba por semanas sobre el frío suelo, haciendo penitencia, vestido de una camisa de pelo; se azotaba hasta hacerse sangre, a fin de alcanzar una vida santa. Pero todo fue en vano, hasta

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que le fue revelado el secreto de la justificación por la fe en Cristo solo, por una piadosa anciana. Entonces tuvo paz y tal unción del Espíritu Santo, que cuando empezó a predicar "llamas de fuego salían de sus labios y los corazones del pueblo se encendían como la paja." De él, el bautismo del Espíritu Santo y fuego, fue comunicado a sus hermanos sacerdotes: Feneberg, Sailer, Bayr, y Siller. "Cristo para nosotros y Cristo en nosotros" fue desde entonces el tema de su predicación. Cristo en la cruz para nuestra justificación: Cristo en el corazón por el Espíritu Santo para nuestra santificación y poder. Todo el movimiento del cual Boos era el centro, es profundamente interesante—una especie de segunda edición de la Reforma alemana, aunque en un círculo estrecho.

Gossner se hizo discípulo de Booz. La doctrina doble de su hermano en el sacerdocio, se apoderó fuertemente de su corazón; pasó por una gran crisis en la que su oración vehemente era. "¡Tú el viejo Adam, en mí muere: vive, Señor Jesús!" y así salió a hacer su obra con este lema en los labios, el que después estaba siempre repitiendo: "¡Pereat Adam! ¡Vivat Jesu!" Semejante celador no podía dejar de atraerse la bendición de la maldición papal. Gossner fue llevado ante la Inquisición; fue enviado a la cárcel, y al fin se retiró a la Iglesia protestante. Aquí su instrucción espiritual siguió bajo influencias semejantes; pues tuvo contacto con Slittier, el pietista alemán, y con los Hermanos

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moravos. Por esto, de dos manantiales recibió las mismas inspiraciones evangélicas; los mismos impulsos misioneros.

¡En qué caminos tan sorprendentes son guiados los que se entregan para seguir al Señor sin reserva! Los tales, en lugar de ceñirse e ir donde quieren, son con frecuencia ceñidos por el Espíritu y llevados donde no quieren. Gossner, como pastor de la Iglesia de Belén en Berlín, tenía poca idea de la carrera que estaba delante de él como un misionero fundador; y cuando tres o cuatro artesanos vinieron a él, diciéndole de sus ardientes deseos de predicar el evangelio, firmemente les rehusó su aprobación. Sin embargo, prestó atención a su súplica, de que al menos orara con ellos, y antes de saberlo, por su oración, había llegado a simpatizar en sus aspiraciones. Luego empezó a educarlos para el servicio misionero, permitiéndoles venir a él después del trabajo del día, para recibir la instrucción bíblica y doctrinal que más necesitaban. Así como la innovación de enviar hombres sin preparación en una universidad o escuela teológica, al campo extranjero le expuso a una crítica severa, así sucedió, y aún más, con su determinación, tomada después de mucha oración y prueba de fe, de enviarlos dependiendo sencilla y solamente de Dios para proveer a su mantenimiento. Este fue el característico de la Misión Gossner; y por medio de él, había de dar impulso y confianza a muchos que habían de seguirle. "Ro-

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gad al Señor de la mies, que envíe obreros para su mies", le parecía ser permiso suficiente, para pedir y esperar los candidatos misioneros que necesitaba. Y ¿frustrósele su confianza? Encuéntrese la respuesta a esta pregunta en el hecho de que, principiando su nueva empresa en una edad en que muchos pensarían justificable aflojar en sus trabajos, envió al campo, ciento cuarenta y un misioneros—doscientos si hemos de incluir las esposas de los que estaban casados — haciéndose responsable después de Dios, de la preparación y el mantenimiento de toda la compañía. Y ¿honró Dios su confianza con respecto a su subsistencia? Tocante a esto tuvo mucha osadía; rehusó pedir a los hombres lo que tenía el privilegio de demandar a Dios:

juzgando, como decía, que le convenía mejor darse a la oración, antes bien que andar de casa en casa, pidiendo. Y Jehová escuchó y oyó; y fue escrito libro de memoria delante de él, de modo que al lado de su sepulcro abierto pudo uno decir de él sin exagerar, que "por sus oraciones fueron fundadas misiones, y misioneros aprendieron a ejercer fe; por sus oraciones se abrieron los corazones de los ricos, y le llegó oro, de las tierras más distantes."

Gossner creyó en el Espíritu Santo. Así como por una unción clara del Espíritu, fue separado y santificado para su obra, así permaneció en él esa unción hasta el fin. Creyó que el Espíritu Santo era el Administrador de las misiones. Por esto dependía más de la oración que

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de la organización. Habiendo hecho todo lo que podía, se sentaría en su pequeño cuarto confiando la obra distante, a este divino Ejecutor, y rogándole a El que lo dirigiera todo y lo dispusiera conforme a su propia voluntad." En vez de un manual elaborado de instrucciones, puso en las manos de sus misioneros esta comisión sencilla y conmovedora: "Creed, esperad, amad, orad, arded, levantad a los muertos! ¡Perseverad en la oración; luchad como Jacob! ¡Levantaos, levantaos, hermanos míos! Viene el Señor, y a cada uno dirá, ' ¿Dónde has dejado las almas de estos paganos? ¿Con el diablo?' ¡Oh! buscad prestamente estas almas, y no entréis sin ellas en la presencia del Señor."

El espacio nos impide narrar los resultados de esta singular empresa misionera. Tuvo sus pruebas y sus derrotas; pero tuvo también sus triunfos no excedidos. No se ha escrito un capítulo más brillante en los anales misioneros, que la historia de la Misión Gossner de los Khols de la India. Y cuando consideramos la influencia de esta empresa en el estímulo de la fe y la dependencia de la Cabeza de la Iglesia.—Sí; esto tenemos que discutirlo un poco más.

El Pastor Luis Harms fue el más notable representativo de la escuela de misiones de fe. Como Gossner, era un hombre de mucha cultura, pero como él también, se sentía conmovido fuertemente a animar a los artesanos y agricultores, hombres de poca educación, que hubieran experimentado un llamamiento distinto,

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a llevar a los paganos el evangelio. Nadie aprobaba su idea; al contrario muchos hablaron en contra de él, a causa de ella. Así fue que no tuvo otro recurso sino la oración a Dios, y así fue llevado a aquel trabajo de decisión cuya crisis él ha descrito tan vivamente: "Había tocado a las puertas de los hombres y no se me habían abierto; sin embargo, el plan era manifiestamente bueno y para la gloria de Dios. ¿Qué había de hacerse? "El que corre derecho corre mejor." Supliqué fervientemente al Señor, dejé el asunto en sus manos, y al levantarme de las rodillas a media noche, dije en una voz que casi me asombró en el aposento silencioso: '¡Adelante ahora, en el nombre de Dios!' Desde ese momento ni un pensamiento de duda entró en mi mente." Nunca se ha seguido un Pentecostés invisible, por una siega espiritual más notable que la que se vio en este caso. Teniendo por misioneros a los pobres paisanos de su iglesia de Hermannsburg: agricultores, carpinteros, sastres y trabajadores en metales— envió el evangelio a los lugares más distantes, sacando los fondos del tesoro del Señor, hasta que, al fin de treinta años, había enviado al campo y mantenido más de trescientos cincuenta misioneros; al fin de cuarenta años había sacado de entre los paganos una iglesia de más de trece mil miembros. "¿Ha sucedido alguna cosa tan grande como esta, desde los días cuando la iglesia de Antioquía envió a su Bernabé y a Saulo?" pregunta un historiador emi-

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nente de misiones. ¿Quisiera el lector escudriñar sus libros para saber sus métodos de colectar y los tesoros de donde sacaba fondos? "Rogué al Señor Jesús que me diera la suma que necesitaba", es el apunte sencillo que se ve de continuo en sus libros, y el saldo de sus cuentas es igualmente sencillo: "El año pasado, 1857, necesitaba para la misión quince mil coronas, y el Señor me las dio, y sesenta más. Este año necesitaba el doble de esta suma, y el Señor me ha dado el doble y ciento cuarenta más."

Esta escuela de misiones de fe, de la cual puede decirse que Gossner era el padre, es una en que harían bien en estudiar todos los directores de misiones, ya se propongan practicarla o no. La lección enfática e invariable que enseña, es que un hombre o una iglesia, en unión viva con Jesucristo, puede efectuar cosas mucho más grandes de las que pueden hacer vastas combinaciones de cristianos que confían principalmente en organizaciones. No se necesita sino poco dinero para manejar esta clase de empresa misionera; pero se necesita grande fe. Ejerciéndose ésta, parece que, conforme a una ley invariable, los fondos ingresan justamente en la medida que se necesitan.

Uno de los más dignos sucesores de Gossner y Harms, que es el Rev. Juan Wilkinson, el fundador y director de la misión Mildmay a los judíos, basando la declaración en su propia experiencia, manifiesta así la doctrina de esta

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escuela: "Si permitimos que el Señor haga lo que quiera con nosotros y por nosotros, recibiremos la más grande bendición y El recibirá la más grande gloria: y El pagará todo el gasto de su propio trabajo. Si un amo envía a su criado a una tienda a comprar alguna cosa con una peseta, le hace responsable de la peseta, ¿hemos de pensar por un momento que Dios no ha de pagar todo el trabajo que confiesa ser suyo?" Leed la historia de esta misión para aprender lecciones inspiradoras de fe y triunfo1. O estudiad la historia de la Misión del Interior de China, dirigida por J. Hudson Taylor, que es manejada según el mismo método2. Depende solamente de la Cabeza de la Iglesia para reclutar misioneros, y en respuesta a la oración, recientemente, recibió y nombró cien misioneros en un sólo año; un aumento de gente anual que ni una de nuestras sociedades misioneras, que representan miles de iglesias, ha podido efectuar jamás. No solicita fondos, ni aún indirectamente publicando los nombres de los que contribuyen; no garantiza ningún sueldo especificado a sus obreros, sino que los enseña a mirar directamente a Dios para el sostenimiento. Pero, bajo estas condiciones, esta misión sobrepuja a todas las demás en el campo, en el número de sus obreros; de modo que

1. "Israel mi Gloria" (Cap. 13).

2. Véase el artículo "Misión Interior de China" (Enciclopedia de las Misiones).

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treinta y nueve sociedades operando en China, representando todas, las más grandes y más fuertes denominaciones protestantes, la Misión del Interior de China, aunque una de las empresas más recientes, suple sin embargo, la cuarta parte de todos los misioneros que trabajan en el imperio.

La sociedad del Pastor Simpson de Nueva York, está desarrollando precisamente los mismos resultados, enviando en este año más trabajadores que dos o tres veces los de nuestras más grandes juntas misioneras combinadas.

Ya hemos trazado las misiones modernas hasta sus orígenes. ¡Cuán extraordinario es que en cada caso hayamos descubierto alguna forma de pietismo en la fuente de ellas! Siempre un término de reproche, y no obstante hemos encontrado que es madre de las misiones siempre que vuelven a nacer. ¿Qué significará, pues, este término? Podemos responder, basándonos en la historia, que estas dos palabras oprobiosas han sido aplicadas constantemente a los pietistas—han sido acusados del "misticismo" y "milenarianismo1." Desde el Barón Von Welz y Spener hasta Wesley y Harms casi todos han sido censurados con estos términos. Pero volvemos a preguntar ¿qué es la significación de estos términos? Si los interpretamos por las verdaderas creencias de los pietistas, no significan nada peor sino que estos hombres cultivaban la vida espiritual y la mirada hacia arriba; que procuraban la plenitud del Espíritu en sus co-

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razones, y que esperaban la venida del Hijo del hombre desde el cielo. En otras palabras, en medio de una Iglesia mundana y una generación mala, se volvieron al cristianismo primitivo y repitieron las escenas del primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, mirando al cielo y oyendo decir a los ángeles: "Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo"; y quedándose en el cenáculo para realizar la promesa: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros." ¡El Olivete y Jerusalem! Estos fueron los puntos de partida para las misiones apostólicas; lo han sido para todo movimiento misionero subsiguiente, y lo serán hasta el fin.

 

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