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DISCURSO IV.

LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO EN LAS MISIONES

 

"Debe ser muy imperfectamente entendida la obra del Espíritu Santo, si nos hace olvidar lo que fue hecho por Jesucristo. La obra de Cristo es, en efecto, la causa y la condición indispensables de la obra del Espíritu; por otra parte, es el Espíritu Santo el que glorifica a Cristo en el corazón de los creyentes, y hace que la persona de Cristo more en ellos. Es pues la vida de Cristo, la naturaleza de Cristo, los sentimientos de Cristo, las virtudes de Cristo, lo que el Espíritu comunica a los creyentes: lo que los hace conformes a la semejanza de Cristo."—El Pastor G. F. Tophel.

 

IV.

LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO EN LAS MISIONES

El Apóstol Pedro, describiendo aquella grande transacción que llamamos la regeneración, se vale de estas palabras extraordinarias: "Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, que vive y permanece para siempre." Y Santiago se vale de lenguaje casi idéntico, diciendo: "El de su voluntad nos ha engendrado por la palabra de la verdad." Sobre este pasaje Alford observa correctamente que "La Palabra de Dios no es el principio engendrador, sino solamente la cosa por la cual el principio obra, siendo, como si fuera, el grano o pepita que encierra el misterioso poder germinador." El mismo poder germinador es el Espíritu de Dios, el cual es el principio vital de la Escritura. "Las palabras que yo os he hablado", dice Jesús, "son espíritu y son vida." Y opinamos que lo mismo es cierto de las otras partes de las Escrituras Santas "Toda Escritura es theopenutos—divinamente inspirada" Mantenemos no sólo que las Escrituras fueron inspiradas, sino que son inspiradas; que el Es-

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píritu de Dios, vive y se mueve en sus palabras como la sangre circula en el cuerpo humano. Es este Espíritu que mora en la Escritura, lo que le da su principio vivificador; de modo que tan seguramente como la semilla echada en el suelo da una siega, tan ciertamente la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre, siendo recibida en el corazón fiel, da los frutos de justicia y verdadera santidad en el carácter humano. Si algunos de vosotros habéis leído los informes de experimentos hechos hace pocos años sobre "El poder Dinámico de las Semillas", debéis haber sido sorprendidos por los resultados. Una pequeña semilla que brota debajo de una banqueta y levanta una piedra grande, completamente fuera de su lugar, es una ilustración maravillosa de la fuerza irresistible de la vida escondida de la naturaleza. Esto es una de las muchas ilustraciones del poder germinador de las semillas.

Me he interesado profundamente, al estudiar el poder dinámico de la semilla incorruptible de la Palabra. No es una exageración decir que las más grandes revoluciones de la historia, han sido efectuadas por textos de la Escritura. Augustino, por mucho tiempo víctima impotente de sus pasiones malas, suspirando por la libertad, pero suspirando y esforzándose en vano, fue librado en un instante, según nos dice, un día cuando estaba recostado debajo de una higuera, en Numidia. Como una brisa pasajera podría dejar caer una semilla en el

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suelo abierto, así el Espíritu de Dios, llevó a su corazón esta palabra de la Escritura: "No en lechos y disoluciones; no en pendencias y envidia; mas vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne en sus deseos." Todo lo que llegó a ser Agustín después, como el cristiano del corazón ardiente y el teólogo de ingenio sin igual, resultó de la regeneración que llegó a él, en ese día memorable, y de esa semilla de verdad1.

Tomas Bilney, que puede ser llamado el Padre de la Reforma Inglesa, puesto que fue el padre espiritual de Latimer y otros de sus principales promotores, dice la historia conmovedora de la primera siembra de la Escritura en su corazón, mientras estaba en la universidad de Cambridge. Esta palabra de la traducción de Erasmus del Nuevo Testamento, cayó en su corazón: "Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero" (1 Tim. 1:15). "Esta sola sentencia", dice, "por la instrucción e influencia de Dios, alegró tanto mi corazón, que antes estaba herido por mis pecados casi desesperado, que inmediatamente hallé maravilloso consuelo, y so-

1. Jesús había vencido, y la gran carrera de Agustín, el más sabio de los Padres, así empezó. Un pasaje de la Palabra de Dios había encendido aquella gloriosa luminaria que había de iluminar por diez centurias a la Iglesia, y cuyos rayos la regocijan hasta el presente.

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siego en mi alma, de modo que mis huesos molidos saltaron de gozo." Considerando todo lo que este reformador obró desde esa hora hasta el día cuando entregó su vida en las llamas, podemos ver un ejemplo convincente, del poder dinámico de la semilla de la Escritura. ¿Quién hay que no sepa la historia de la conversión de Lutero, cómo subiendo la escalera de Pilato en Roma, Cristo, el gran Sembrador del mundo, dejó caer en su oído aquel texto, "El justo vivirá por la fe"? Y el tiempo me faltaría para decir de los milagros obrados por aquel texto áureo del evangelio, que es Juan 3:16. A millares que recibieron con mansedumbre esta palabra sembrada, y mezclándola con fe, ha venido la nueva vida; y de millares que así la recibieron, han salido bendiciones indecibles. El punto de apoyo para mover el mundo, deseado por el filósofo, Dios lo ha hallado; no fuera; sino adentro—en el alma individual. Por la palabra de verdad caída en el corazón, el Espíritu de Dios empieza una mejoría que desde la voluntad llega a la vida, y desde la vida llega a la sociedad, y desde la sociedad llega al mundo. La Palabra de Dios, llevada por el hombre de Dios, es la manifestación más sencilla del método misionero. No la Palabra sin el hombre, pues eso sería como la semilla sin el sembrador para plantarla, cultivarla y desarrollarla; no el hombre sin la Palabra, pues eso sería corno el sembrador sin la semilla. Pero el seguir el verdadero método significa nada menos que in-

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troducir la vida divina en la raza, para su elevación y transformación.

Porque la regeneración imparte la vida de Cristo en el alma, es inevitable que la semejanza de Cristo aparezca en el carácter que resulta. Un hijo no se parece a su padre porque él copie paciente y laboriosamente las facciones del padre. La semejanza al padre es heredada. Así es en la vida espiritual: la rapidez y persistencia con que las características de Cristo, aparecen en los conversos de entre los paganos, es un estudio profundamente interesante. Lo que la educación ha dejado de hacer en años, la semilla de la Palabra plantada en el corazón, lo ha efectuado con maravillosa rapidez. En la historia de los primeros misioneros en Groenlandia, se halla un ejemplo notable de este hecho. Hans Egede, que fue de Dinamarca a aquel país en 1721, para encender la lumbre del evangelio entre sus nieves eternas, merece la reverencia de toda in Iglesia de Dios, por el heroísmo y la abnegación que exhibió en su noble empresa. Pero es muy instructivo saber la teoría defectuosa bajo la cual obró, y notar los resultados. Su concepto lo tenemos manifestado así en sus propias palabras: "Está fuera de cuestión", dice, "que si se quiere hacer un cristiano de un mero salvaje, es preciso primero hacerle un hombre razonable, y el próximo paso será más fácil . El primer cuidado que tiene uno que quiere convertir a los paganos, es quitar de su camino todo obstáculo

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que estorbe su conversión, y los haga incapaces para recibir la doctrina cristiana, antes de emprender con éxito otra cosa, para su provecho. En otras palabras, es necesario preparar el suelo inculto, donde una nueva Iglesia ha de plantarse. Obrar de otro modo, sería arrojar semilla buena en medio de espinos y zarzas, que la ahogan1."

¡Misionero noble y heroico! En medio de las comodidades de su parroquia rural en Noruega, soñaba en Groenlandia y oía a sus multitudes de paganos trigueños, clamándole, "¡oh hombre muy bendecido de Dios, compadécete de nosotros!" y no siendo desobediente a la visión celestial, sino contando todas las cosas, pérdida por amor de Cristo, salió a llevarles la nueva de la redención. ¡Qué lástima que no entendiera mejor, el principio de la gracia—que la salvación es la primera cosa, y el mejoramiento después! Hans Egede trabajó noblemente por quince años. en medio de las regiones heladas del norte. Pero no vio ningún fruto y dejó el campo amargamente decepcionado, después de haber predicado su sermón de despedida sobre las palabras del profeta: "Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mi fortaleza; mas mi juicio está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios." Seguramente su obra estaba con el Señor, por

1. Descripción de Groenlandia (páginas 216-217).

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más imperfecta que fuese; porque dos años más tarde, el misionero moravo Juan Beck, que sucedió a Engede, halló el verdadero secreto del éxito. Una semilla de la Escritura, de sus labios—la historia de la agonía del Salvador en el jardín—cayó en el corazón de un salvaje llamado Kajarnak en un corazón lleno de las espinas del barbarismo—e inmediatamente germinó y dio fruto. El salvaje estólido, se hizo discípulo: el discípulo se hizo evangelista. Su corazón torpe se encendió con una llama asombrosa mientras con emoción irresistible y vertiendo lágrimas, repitió a sus compatriotas la historia de la cruz. Esto fue el principio del éxito en ese campo, y Kajarnak es contado como uno de los milagros de la gracia, en las misiones modernas. ¡Cuán conmovedora la historia! El Dr. Kanenos dice que una vez en su triste viaje por los hielos polares, fue tan conmovido por un incidente trivial, que a pesar suyo. lloró. Fue cuando, después de meses de viajar entre terrible frío y desolación, vio de repente una pequeña violeta al pie de un banco de hielo— una plantita viva y hermosa en medio de la soledad y muerte eternas. Tal es Kajarnak, la primera flor de la rosa de Sarón que ha aparecido en los campos helados de Groenlandia. Y para alabanza de la gloria de la gracia de Dios. sea dicho que esta flor brotó de un solo grano de la Palabra, que cayó en un corazón salvaje. Ninguna cultura podría haberla producido, ningún arte podría haberla imitado. Era la vida de Dios que producía la semejanza de Dios.

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Pasemos de los campos helados de Groenlandia, a los llanos tórridos del Continente Obscuro, Kajarnak tiene su doble literal, en África —el maravilloso trofeo de gracia redentora ganado por Moffat. Se decía de él, que era un demonio encarnado—tanto que realmente hizo una virtud de la crueldad y una diversión del asesinato, matando a los hombres a fin de hacer parches de tambor de sus pieles, y vasos de beber de sus cráneos. La audacia de sus crímenes produjo un reinado de terror por toda la región donde moraba, y ni los jefes salvajes, ni los gobiernos coloniales habían encontrado modo de domarle. Pero Roberto Moffat fue a él, a pesar de ser aconsejado muy seriamente, que no lo hiciera. Le venció, no con armas carnales, sino con la Palabra viva. Siendo implantado en su corazón, el germen de esa Palabra, toda una siega de virtudes dulces y cristianas resultaron. El demonio de crueldad se hizo un discípulo humilde de Cristo, y tal discípulo, que Moffat pudo decir de él, con respecto a todo el tiempo de su asociación con él, después de su conversión, "No me acuerdo de ninguna ocasión en que me diera pesar, o en que tuviera que quejarme de algo de su conducta: sus mismas faltas parecían tener algo de virtud1."

1. Su testimonio al morir fue: "Siento que amo a Dios, y que El ha hecho mucho por mi, de lo cual soy completamente indigno. Mi primera vida está manchada de sangre; pero la Sangre de Jesucristo me limpia de todo pecado."

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"¿Cógense uvas de los espinos, o higos de los abrojos?" pregunta Jesús. Sí, Hijo de Dios, por el injerto de tu propia vida divina, aun este milagro es posible! ¡Mirad cómo los frutos del Espíritu se exhiben en racimos riquísimos donde antes sólo las espinas de odio y crueldad abundaron! El perdón, aquella gracia más rara y divina, brota espontáneamente en el corazón del asesino y antropófago! Esto es en verdad. el milagro más excelente de la redención. Fue esta gracia en el corazón de un hombre, antes salvaje, de Nueva Zelanda, la que explicó la conducta extraña de correr de la mesa de la Santa Cena y luego volver de repente para recibir los sagradas emblemas. El Sr. Taylor, el misionero, observando esta acción de su converso, pidió una explicación. El isleño respondió: "Cuando me acerqué, no sabía al lado de quién tendría que arrodillarme; entonces de repente me encontré al lado del hombre que mató a mi padre y bebió su sangre, y a quien juré matar la primera vez que le viera. La antigua venganza se asió de mí, y me precipité de la mesa. Pero justamente entonces, me parecía oír una voz que me decía: 'En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.' Eso me hizo una impresión profunda, y al mismo tiempo me parecía que veía otra cosa—una cruz y un Hombre clavado en ella—y le oí decir, 'Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.'

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Entonces volví al altar1."

Los cristianos bien versados en la historia de las misiones, han dejado de sorprenderse de semejantes transformaciones obradas por el evangelio. En cuanto a los que critican las misiones, aun la hostilidad de éstos tiene que ceder en este punto. De modo que uno de los más mordaces de éstos, que se llamaba el Dr. Buchner, al notar los cambios que el evangelio ha efectuado en las islas del Pacífico, substituyendo el despotismo y el canibalismo con la bondad y la caridad, hace esta concesión malhumorado: "Si la hipocresía hace a esta gente más feliz, ¿por qué ha de reprocharse la hipocresía como una cosa mala?"

Considerad también el instinto divino de sufrir por Cristo, que se manifiesta tan constantemente en los paganos regenerados, como resultado del nuevo nacimiento. El Lord Bacon, nombrando los frutos del cristianismo, habla del "milagro del martirio." Sin duda la impresión común es que este milagro no debe esperarse sino como el resultado de la experiencia cristiana más madura, y en las vidas de los cristianos venerables de mucha experiencia, como Policarpo y Cranmer.

¡Qué testimonio tan conmovedor es pues, al poder de la herencia divina, que los niños y los jóvenes recientemente convertidos del pa-

1. Misiones y Cultura" (por Warneck, página 165).

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ganismo den este fruto! "La Iglesia nace crucificada", dijo Lacordaire, el elocuente predicador francés. Esto es, es un instinto natal del verdadero discípulo llevar la cruz; y es admirable cuan pronto se desarrolla, cuando lo exigen las circunstancias. Los mártires de Uganda no pertenecen al primer siglo, sino al fin del siglo décimo nono. No eran aún ancianos los conversos jóvenes del paganismo, unos de ellos niños de pocos años. Sin embargo se meten en el fuego, con tanto valor como lo tuvieron Latimer y Ridley cuando sufrieron el martirio en Oxford, diciendo mientras encienden la leña: "Soy discípulo de Jesús: no tengo vergüenza de confesarlo", y cantando mientras suben las llamas, "Killa siku, tunsfer"—"Cantad, cantad sus alabanzas." Rasalama, la primer mártir de Madagascar—ayer una idólatra, hoy una cristiana, arrostra la muerte con toda la calma, dignidad y fortaleza con que Perpetua la sufrió en el siglo tercero, alabando a Dios de que es contada como digna de sufrir la aflicción por su fe en Jesús1.

Cuando dos confesores de Cristo en la misión del Níger, bajo el Obispo Crowther, fueron atormentados para hacerlos retractarse, los dos

1. Ella cantó himnos mientras era llevada al lugar de ejecución. Al llegar al sitio fatal, se le dio permiso de orar, y Resama se arrodilló con toda calma; encomendó su espíritu en las manos de su Redentor, y cayó con las lanzas de sus verdugos enclavadas en su cuerpo (Agosto 14 de 1837).

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quedaron firmes; y su jefe, aunque recientemente convertido del paganismo más grosero, rehusó salvarse con palabras dignas de escribirse al lado de las de Martín Lutero; "Aquí estoy: no puedo obrar de otra manera; así que me ayude Dios." Porque su perseguidor envió este mensaje: "Diga al maestro que le doy gracias por su bondad; pero en cuanto a volver al culto pagano, no está en mi poder, porque Jesús ha tomado posesión de mi corazón y lo ha cerrado con llave. La llave está en su posesión; de modo que ya ve que me es imposible abrirlo sin él1."

Con razón nos quedamos sorprendidos por semejante precocidad en la escuela de padecimientos, a menos que hayamos entendido el misterio de que los mártires no son hechos, sino nacen, engendrados desde arriba como los parientes más cercanos "del Cordero que fue inmolado."

Si, dejando los martirios, pasamos a considerar los sacrificios hechos vivos con Cristo, encontraremos ejemplos que nos llenarán de admiración profunda. La devoción de ciertos Hermanos Moravos de venderse como esclavos, para ganar a los esclavos para el evangelio se ha celebrado mucho en la literatura misionera. Es probable que aunque algunos estuvieran dis-

1. El otro contestó: he hecho el propósito con la ayuda de Dios de estar en cadenas, si así le place a Dios, hasta el día del juicio.

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puestos a hacerlo, no sucediera ningún caso de esclavitud voluntaria en su historia1. Pero ha sucedido en días recientes.

Hace como doce años que Lough Fook, un cristiano chino, movido de compasión por los trabajadores en las minas de la América del Sur, se vendió por un término de cinco años para ser esclavo como ellos, y fue transportado a Demarara, para que llevara el evangelio a sus compatriotas que trabajaban allí. Trabajó en las minas con ellos, predicando a Jesús mientras trabajaba, hasta que tuvo muchos de quienes podía decir, como Pablo, de Onésimo, los "he engendrado en mis prisiones." Es un noble ejemplo del poder espiritual posible, a los de la tierra de Sinim. Lough Fook murió hace como dos años; pero ya había ganado para el Salvador, como doscientos discípulos, a los cuales dejó como miembros de la Iglesia Cristiana. ¿Dónde, por todos los siglos, ha sido reproducido como aquí, aquel rasgo más humilde de la condescendencia del Hijo del Hombre—"tomó la forma de un esclavo"? Entre todas las naciones han sido encontrados algunos que han llevado la cruz del martirio por el Salvador; pero a un chino cristiano pertenece, por lo que sabemos, el honor único de haber llevado la cadena de servidumbre voluntarla, como el Salvador.

1. Esta es la conclusión del Dr. A. C. Thomson, en su bien conocido trabajo "Misiones Moravas" (página 73).

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Ojalá que tuviéramos tiempo de pasar lista de todas las virtudes cristianas y demostrar cómo la regeneración del Espíritu las ha desarrollado en las vidas de aquellos que antes estaban destituidos de ellas.

"La mayor de ellas es la caridad", escribe el Apóstol, al tratar de las gracias divinas. Uhlhorn, en su obra instructiva en la Iglesia primitiva, afirma que este atributo era desconocido en el paganismo antiguo; que entró en el mundo como un río de agua viva brotando del corazón de Cristo. ¡Sí! y tan ciertamente como las facciones de una familia aparecen en el rostro del niño, tan invariablemente ha aparecido esta gracia en los hijos de Dios, engendrados de nuevo por el Espíritu Santo. "Educad a los hombres para dar", es consejo sabio. "Regenerad a los hombres para que den", es una lección de experiencia misionera universal. Los karenes de Birmania, que hace cincuenta años eran paganos, sobrepujan a sus hermanos bautistas de todos los estados de la Unión americana, con excepción de dos, en contribuir para su sociedad misionera. En 1881 los doce mil miembros de la misión de la Junta de los presbiterianos unidos en Egipto—la mayor parte de los cuales son extremadamente pobres—contribuyeron con 4546 libras esterlinas, o con más de diez y siete dólares cada uno para el sostenimiento de las iglesias y escuelas. Hace dos años la iglesia bautista de los chinos en el estado de Oregon, que consistía de ochenta miem-

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bros, envió seiscientos dólares a China para el sostenimiento de las misiones entre sus compatriotas, que era siete dólares y medio por cada miembro, aunque las contribuciones per cápita de cristianos americanos para el mismo objeto no pasaban de cincuenta centavos. Al que se perdona mucho, mucho ama; dan mucho los que saben que han sido bendecidos mucho. El evangelio da nuevas manos y nuevos rostros a los que lo aceptan con amor. La implantación de la vida divina resulta inevitablemente de retratar la semejanza divina en los actos, las facciones y en el ejemplo1.

De los individuos, pasemos a considerar la sociedad, en nuestro estudio de los frutos de las misiones modernas.

En las parábolas de nuestro Señor acerca del Reino en el capítulo trece de Mateo observamos que en la primera parábola hace a la semilla representar la Palabra de Dios, y en la segunda la hace representar al cristiano a quien esa Palabra ha engendrado. ¿No indica esto el verdadero orden divino en la regeneración del mundo, donde la Palabra implantada renueva al individuo, y el individuo renovado transforma la

1. En la India Meridional, por ejemplo, puede decirse cuando una villa está cristianizada en gran parte, por la aparición de las mujeres en la fuente. El vestido de ellas es más honesto, su mirada es diferente. Casi cada mujer hindú tiene una dolorosa y ansiosa faz como si la batalla de la vida pusiera en ella sus tristezas. La mujer cristiana tiene una expresión mucho más llena de paz (Dr. J. Murray Mitchell, Misiones Extranjeras, página 30).

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sociedad? Es verdad que la sabiduría de este mundo no ha comprendido este secreto. Su sueño ha sido constantemente el de influir en los individuos por la multitud, y en la casta baja por la más alta. El filósofo, Benjamín Franklin, encantado por el esplendor del ingenio de Whitefield, le escribió en 1749: "Me alegro de que Ud. tenga últimamente oportunidades frecuentes de predicar entre los grandes. Si puede persuadirlos a ellos a una vida buena y ejemplar, se seguirán cambios maravillosos en las costumbres de los grados inferiores; porque ad exemplum regis, etc.1." Whitefield contestó poco después, felicitando a Franklin por la distinción que había ganado en el mundo erudito, y añadiendo: "Ya que Ud. ha hecho bastante progreso en los misterios de la electricidad, quisiera ahora recomendarle un estudio diligente y sin prejuicios, de los misterios del nuevo nacimiento. Es un estudio de suma importancia y da mucho interés, y una vez bien entendido, le recompensará ricamente de todos sus afanes."

Tal vez nunca se ha expresado tan claramente, la distinción entre la filantropía y el evangelio, como lo hicieron estos dos eminentes

1. Franklin, en la misma carta, continúa así: "Confucio, el famoso reformador oriental, procedió sobre este principio. Cuando él vio al país hundido en el vicio, y la maldad triunfante, lo aplicó primero a los grandes; y habiéndolos ganado por esta doctrina a la causa de la virtud, el pueblo siguió por multitudes. Este método tiene influencia maravillosa sobre la mente del hombre (Tierman. Vida de Whitefield. Tomo II, páginas 278-283).

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representativos de cada uno; y la respuesta del gran evangelista es la más condensada y directa que pudiera forjarse. El misterio del nuevo nacimiento, es la clave del problema de la reformación social. Por esto Dios no empieza con los hombres de alta alcurnia, y añade sobre su respetable herencia, la moralidad del Decálogo o la filantropía del Sermón del Monte, para así hacerlos idóneos para ser misioneros a los humildes y proscritos. ¡De ninguna manera! Sea uno bien nacido o mal nacido, tiene que volver a nacer antes de que pueda entrar en el reino del cielo, por no decir nada de introducir a otros. Y puesto que los hombres de buena ascendencia, se preocupan poco por una nueva prosapia, Dios tiene necesidad de encontrar los sujetos del nuevo nacimiento, en los rangos ínfimos. Así ha sucedido desde el principio; la semilla de la Palabra ha echado raíces primero en la capa más baja de la sociedad, y desde allí ha subido hasta la más alta.

Tan lejos están los de las clases superiores de reformar a las inferiores, que la tendencia de ellas es bajar de continuo hasta su nivel. Como lo ha expresado bien Emerson, otro filósofo de Nueva Inglaterra: "Las que se llaman las primeras familias, tienen que ser enviadas casi invariablemente al suelo en la tercera o cuarta generación, para ser reclutadas de allí." Siendo esta la regla de la sociedad humana, el plan divino no hace más que conformarse a ella; y sin ser en algún sentido un aceptador

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de personas [que hace acepción o diferencia entre personas], Dios escoge a los simples, los bajos y los menospreciados, para que sean los primeros sujetos de su gracia, sabiendo que teniendo la sangre del linaje divino en sus venas, sin falta se levantarán del estado de esclavos para ser amos; del rango de proscritos al rango alto que se llama en la Escritura "un linaje escogido, real sacerdocio, gente santal."

Refiriéndonos de nuevo a las enseñanzas parabólicas de nuestro Señor, observemos la manera extraordinaria en que la historia de las misiones las confirma. La semilla de la Palabra germina en el corazón, y este corazón a su turno llega a ser el germen que principia una nueva sociedad—este es el orden divino. Citamos ejemplo de dos pueblos que son antípodas en la escala social:

Treinta y tres años los misioneros moravos de Labrador habían trabajado en medio de tales desalientos, que habían resuelto seriamente pensar en abandonar su estación principal en Hopedale. Pero un día, en 1804, predicando un misionero, del texto, "El Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido",

1. ¿No ha demostrado la historia de las misiones antiguas y modernas, que el instinto del pueblo humilde de aceptar el Evangelio ha anticipado siempre la egoísta y complaciente ignorancia de los sabios y entendidos? Cuántas iglesias cristianas había en un tiempo en Grecia, mientras que los profesores de Atenas todavía ofrecían para la salvación las hojas marchitas de la Filosofía y la Retórica. Era precisamente en esta Universidad de los antepasados en donde el paganismo se esforzaba para preservarse el mayor tiempo posible (Chrislieb).

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las palabras hicieron una impresión poderosa en una mujer mala, tan sumida en todos los vicios, que era menospreciada y evitada aun por sus compatriotas degradados. Se llenó de la angustia más profunda a causa de sus pecados, y pasó la noche en las chozas de los perros, como si se sintiera indigna de asociarse con seres humanos. La gran palabra del predicador, sin embargo, se mostró ser olor de vida para su alma. Entró en una dulce paz, e inmediatamente empezó a alabar al Salvador de la manera más triunfante por lo que había hecho por ella. Llegó a ser como un carbón encendido, por el cual toda la comarca se encendió. Los ancianos y los jóvenes fueron poderosamente convencidos del pecado, "en cada cabaña era oído el sonido del cantor y la oración, y las iglesias no contenían a los miembros que se apresuraban para oír el mensaje de salvación1." Los que se convirtieron fueron movidos luego a hacerse misioneros entre sus compatriotas paganos, y así la obra se extendió por toda la tierra. Esto fue el Pentecostés de Labrador; fue encendido por un solo texto. "¿No es mi palabra como el fuego? dice Jehová."

Pasemos del nevado Labrador al Japón tropical y recordemos la historia de la primera entrada del evangelio en aquel país. Hasta 1804 no se sabe que una sola persona tuviera fe jus-

1. "Luz en las tierras de obscuridad" (por Young, páginas 23 y 24).

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tificadora en Jesucristo. Poco después un ejemplar del Nuevo Testamento fue hallado flotando en la bahía de Yedo, y fue alzado por un señor japonés. Teniendo curiosidad de saber su contenido, envió a Shanghai por una versión china de él. Leyéndolo "se llenó de admiración, se penetró de emoción y fue cautivado por la naturaleza y vida de Jesucristo. Acudió al Dr. G. F. Verbeck, el misionero americano para que le interpretara la Palabra de Dios, y él y dos amigos fueron los primeros japoneses que hicieron pública confesión de su fe en Cristo, bajo un ministerio protestante. Todo el mundo sabe cómo ha crecido y multiplicádose la palabra del Señor, desde ese día. ¿Hemos de colocar estas dos historias, entre los accidentes felices de la historia de la Palabra de Dios? Al contrario, ¿No vemos aquí que la historia interpreta literalmente las parábolas de nuestro Señor y las traduce a la vida real? Aun la larga dilación para que llegara la siega en el primer ejemplo, es una parte del plan divino; porque en otra parábola de la semilla, nuestro Señor nos dice el modo del crecimiento: "primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga. Tan alentadora como es la demostración de la segura germinación de la semilla del evangelio, es patética la historia tantas veces repetida de la larga espera del labrador para la siega prometida. Pasaron siete años antes de que Carey bautizara su primer converso en la India; pasaron siete años antes de que Judson

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ganara su primer discípulo en Birmania; Morrison trabajó siete años antes de que el primer chino fuera traído a Cristo; Moffat declara que esperó siete años para ver la primera influencia del Espíritu Santo en los bechuanas de África; Enrique Richards trabajó siete años en el Congo, antes de ganar el primer converso en Banza Manteka. Casi parece como si Dios hubiera escogido este número bíblico como el término del aprendizaje del misionero, puesto que he encontrado que se presenta repetidas veces en la historia de la introducción del evangelio. Pero ¡cuán rico es el galardón de aquel que ha esperado con paciencia hasta que la simiente haya brotado y crecido como él no sabe! "Deus habet horas et moras", dice el proverbio. Dios tiene sazones y dilaciones. Y gloriosas en verdad son las sazones que con frecuencia siguen a sus dilaciones. "Teníamos ya siete años de estar en este país", escribió el Hermano Batsch de la misión Gosner entre los kohis de India, "pero durante estos largos años no había sino prueba de nuestra paciencia. . . . Todo parecía ser en vano, y muchos dijeron que la misión era inútil. Entonces el mismo Señor encendió una lumbre delante de nuestros ojos; y se apoderó no sólo de los individuos, sino que se extendió de villa a villa, y de todos lados oíamos la pregunta, "¿Qué haremos? ¿Cómo hemos de ser salvos?" La historia sigue diciendo cómo la capilla no bastó y fue necesario construir una casa más grande; de

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cómo vinieron los conversos, no ya uno por uno, sino familias enteras, y luego villas enteras. Y la narración gozosa acaba así: "Centenares de kohis cristianos llenaron la iglesia espaciosa y bien iluminada; setenta candidatos se pusieron de pie para alabar y confesar a Dios ante todos; y me parecía que ya no estaba yo en una tierra pagana, sino en una cristiana—en mi propia patria1."

La relación de la civilización con el evangelio al transformar la sociedad pagana, es una cuestión que inevitablemente se presenta en este punto. Queremos conceder todo lo que sea razonable, con respecto al valor de aquella como una aliada del cristianismo. No obstante todo lo que tenemos de qué avergonzarnos en los tratos de las llamadas naciones cristianas con sus vecinos paganos, no puede negarse que la civilización europea ha hecho muchísimo bien en India y en el Japón y en partes de África. Pero podemos decir osadamente que la civilización sin el evangelio no puede efectuar ninguna mejora permanente en la sociedad pagana; pero el evangelio sin la civilización, puede transformar y humanizar completamente la sociedad.

Vamos a considerar primero la última proposición. La civilización y el mejoramiento están envueltos en el evangelio como gérmenes,

1. Véase una admirable narración de Gosner y sus misiones, en "Orando y Trabajando" (por el Dr. W. Pleming Sievenson, páginas 250 a 321).

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así como el roble está envuelto en la bellota. Si se planta un grano de trigo no se necesitará ningún esfuerzo para que produzca trigo en vez de avena o cebada. La Palabra es la simiente de la moralidad social, de la prosperidad material, y de la civilización humana. Si aquella Palabra se recibe en el corazón, todo lo demás vendrá inevitablemente. Siempre me ha parecido que la experiencia de David Brainerd entre los indios de la América del Norte, prueba este punto. Escribiendo de la notable obra de gracia bajo su predicación en Crossweeksung, N. J., describe su predicación como "nada más invitaciones evangélicas a los pecadores", con una manifestación clara "de las doctrinas peculiares de la gracia." No quería gastar tiempo inculcando reformaciones morales o instruyéndolos en los rudimentos de la civilización. Sencillamente predicó las verdades del evangelio. Y ¿cuál fue el resultado? Escuchemos sus propias palabras:

"Cuando estas verdades influyeron en el corazón, no había ya vicio que no se reformaba ni deber exterior que se descuidara. Dejaron la embriaguez, que era su vicio predilecto, y apenas se veía algún caso de ella entre mis oyentes, durante meses enteros. La práctica abusiva de esposos y esposas de separarse y tomarse otros en su lugar respectivamente, fue prestamente reformada; de modo que hay tres o cuatro matrimonios quienes de su propia voluntad han despedido a aquellos a quienes habían tomado

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sin derecho, y ahora viven juntos en amor y paz. Lo mismo podría decirse de todas las demás prácticas viciosas. La reformación era general, y todo resultó de la influencia interna de las verdades divinas sobre sus corazones, y no de ningunas restricciones externas, ni porque hubieran oído condenar especialmente o repetidas veces estos vicios. Unos de ellos ni siquiera los había yo mencionado—especialmente el de separarse los esposos—hasta que algunos, habiéndoseles despertado la conciencia por la Palabra de Dios, vinieron y de su propia voluntad, se confesaron culpables en ese respecto."

"Un sembrador salió a sembrar." La sabiduría humana diría con insistencia que este sembrador debería tener por precursor o compañero al civilizador, al reformador y al maestro de escuela para que su trabajo fuese efectivo. Dios confía en la semilla solamente sabiendo que esta contiene en embrión, al reformador y al estadista, quienes resultarán al paso que se necesiten.

En contraste con este ejemplo de lo que el evangelio puede hacer sin la educación, pongamos otro de lo que la educación puede efectuar sin el evangelio.

En la Conferencia Misionera mundial en Londres, en 1888, oí narrar la historia del experimento hecho por el Obispo Colenso para introducir a los paganos en el reino del cielo, por medio de la civilización. Su pretensión era que los salvajes de África no necesitaban otra cosa

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sino la educación y el desarrollo bajo influencias rectas, para que llegasen a ser hombres y mujeres buenos. Para probar esto, hizo que se le entregase un número de muchachos zulús por algunos años, para tener la dirección completa de ellos. Los educó estricta y pacientemente en los refinamientos de la civilización y en los requisitos de la conducta buena, no hablando nada de la religión entre tanto, contendiendo que ésta sería inevitablemente manifestada o buscada, como el resultado de esta educación preparatoria. Completó su trabajo y anunció a sus protegidos su libertad, haciéndoles al mismo tiempo, una invitación a que se quedaran para recibir instrucción en los principios más altos de la fe cristiana. El único resultado fue que al recibir su libertad echaron a un lado su vestido civilizado, dieron un salto y volvieron a la vida salvaje con toda la alacridad con que un pájaro libertado de una jaula, vuela a sus cielos nativos, y el obispo latitudinario de Natal tuvo que confesar francamente la futilidad de su experimento1.

Sin embargo la ilusión es persistente e invencible, y el experimento se hace de continuo en una forma o en otra. Aun los que creen de veras que la Palabra de Dios es "la espada del Espíritu" son tentados con frecuencia a creer que aquella espada necesita tener la civiliza-

1. Véase el informe de la Conferencia Misionera Mundial de Londres, 1888 (Tomo 1, página 267).

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ción como un puño para tomarla y herir con ella1. Pero la experiencia inexorable está siempre enseñando lo contrario. El hombre es por su naturaleza un evolucionista; pero la experiencia es devolucionista. Descubrieron—¡cosa admirable!—un lobo-niño en la India; un niño amamantado y criado por esta bestia salvaje de los bosques, hasta que casi habían sido borrados todos los rasgos humanos2. Pero no han descubierto aún el niño-lobo—la bestia tan humanizada que sea casi idéntica al hombre, en su carácter y fisonomía. El hombre fácilmente desciende por grados en la escuela del desarrollo, pero no asciende. Cuando bajo la influencia de la educación externa, los salvajes han adquirido muchas de las características de la humanidad renovada, se han despertado grandes esperanzas de su elevación permanente; pero una vez sueltos vuelven a los suyos y al barbarismo primitivo. Será así siempre, a menos que el ser humano pueda ser dotado de una gravitación para arriba, permanente y más poderosa que la que le ha tirado hacia abajo. Hongi, el jefe de Nueva Zelandia, estaba "civilizado", según pensaban, después de haber sido llevado a Londres y educado bajo las me-

1 Un misionero tan evangélico como Samuel Marsden, el devoto zapador del evangelio en Nueva Zelandia, al principio compartió el punto de vista del sabio citado antes: "la civilización necesita trabajar en la preparación para la conversión."

2. Véase la narración del fenómeno, del Dr. Seeley, en el "Congregacionalista", 1892.

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jores influencias de la cultura y moral europeas. Enviado de nuevo a Nueva Zelandia, "la primera cosa que hizo después de una batalla en que salió victorioso, fue arrancar y tragar el ojo derecho de su enemigo muerto y morder su corazón que palpitaba aún, y en seguida dio de comer centenares de sus enemigos, a su ejército victorioso." Así el lobo que parecía haberse acostado con el cordero, resultó estar justamente tan listo como antes, para destruir y devorar el rebaño. Es una conclusión dura ésta, de que el salvaje es incapaz de ser humanizado, si no es primero cristianizado. Pero esta es la lección constante de la historia misionera1. Juan Williams de Erromanga declaró que aunque los salvajes del Mar Meridional estuvieron en contacto diario con la civilización por años, no se interesaron en ella hasta que empezaron a ser convertidos. Tenían delante de los ojos de continuo, las casas europeas en Tahití; pero nunca se les ocurrió construirlas para sí mismos; vieron a misioneros vestidos con trajes de civilizados, pero no mostraron inclinación ninguna para adoptar este estilo de vestidos, hasta

1. Aparte de unos pocos experimentos medio prósperos como tal vez los del Raja Brooke de Sarawak, buscamos en vano en la historia de las misiones antiguas y modernas ejemplos de que los paganos hayan sido lentamente preparados por medio de la civilización y la cultura para aceptar el evangelio: mientras al contrario no hay carencia de ejemplos de que el camino sistemático de civilización a evangelización, no sólo es tortuoso, sino errado (Warneck, "Cultura y Misiones", páginas 232 a 233).

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que los instintos de la nueva vida empezaron a obrar en ellos. Entonces estaban tan ansiosos para aceptar estas innovaciones, como antes habían sido indiferentes con respecto a ellas,

En una estación en la África Meridional, que es la Misión Edendale, setenta zulús cristianizados viven en casas como las de los europeos con muebles en ellas y jardines en derredor. Tienen una iglesia de piedra construida por ellos mismos; sin embargo trescientos mil de sus vecinos no cristianizados de la misma tribu, aunque han estado en contacto con la civilización inglesa por casi medio siglo, no tienen todavía ni una cama en que acostarse, ni una silla en que sentarse, ni una mesa ni un mueble de ninguna clase1. El Dr. J. L. Wilson, escribiendo de las operaciones misioneras en el occidente de África, dice: "Algo más se necesita para civilizar a los paganos que muestras de la vida civilizada. Esto daría a entender que sólo la ignorancia estorbaba su mejoramiento; pero el caso es que es inherente en el paganismo una aversión a aquellas actividades que son esenciales a la prosperidad. Esperamos en vano tendencias elevadoras en los paganos, hasta que es avivada su naturaleza moral2."

Estos testimonios son tan explícitos que casi nos sorprenden. Porque podríamos al menos es-

1. Diario de la Sociedad de Artes, junio 13 de 1879 (página 348).

2. "África Occidental" (página 327).

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perar algún matiz en los límites entre el paganismo y el cristianismo—alguna infusión de civilización en la vida pagana, antes de que el cristianismo tomó lugar. ¡Nada de eso! La línea de demarcación, es rígida: La regeneración tiene que constituir la raíz de toda la verdadera reformación. El Profesor Drummond, que últimamente ha favorecido demasiado la doctrina de la evolución cristiana, pronuncia una sentencia verdaderamente noble en un capítulo de su primer libro, y que merece ser recordada perpetuamente por sus admiradores. Después de admitir que la ciencia experimental ha encontrado una grande sima constituida entre la vida inorgánica y la orgánica, donde no puede encontrarse ningún puente de desarrollo natural, declara que el mundo del hombre natural está separado del hombre espiritual por barreras que nunca han sido cruzadas desde adentro; y luego concluye así: "Ningún cambio orgánico, ninguna modificación de circunstancias, ninguna energía mental, ningún esfuerzo moral, ninguna evolución de carácter, ningún progreso de civilización, puede dotar a una sola alma humana con el atributo de la vida espiritual. El mundo espiritual está defendido del mundo próximo a él, en orden inferior, por una ley de biogénesis, — "El que no naciere otra vez, el que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios1.' "

1. "Ley natural en el mundo espiritual" (página 71).

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Esto creemos es doctrina bíblica, y la historia de las misiones constituye una exposición luminosa de ella; y no sabemos de nada que sea más inspirador para nuestra fe, que escuchar el coro de alabanzas sobre el triunfo de las misiones modernas que son cantadas por hombres de todas las escuelas, tanto cristianos como no cristianos.

El Sr. Darwin, el naturalista, visitando la Tierra del Fuego en 1833, escribió: "No tengo idea de haber visto seres humanos en un estado de barbarismo tan miserable, como lo están los fueguinos." Describe así su apariencia: "La expresión de sus rostros es inconcebiblemente salvaje, y sus tonos y ademanes son mucho menos inteligibles que los de los animales domésticos." Después, en 1869 y 1880, testificó con admiración, del cambio obrado en ellos por el evangelio, agregando: "Ciertamente habría predicho que no todos los misioneros en el mundo podrían haber hecho lo que se ha hecho1.

El estado de las Islas Sandwich era apenas menos miserable que el de éstos, antes de que oyeran el evangelio, pues eran una nación de salvajes medio desnudos, que se alimentaban

1. Darwin, por lo que vio, fue llevado a ser no solamente un admirador, sino un sostenedor de las misiones foráneas, porque se convirtió en un contribuyente anual de la Sociedad Misionera Americana del Sur, a cuyo secretario escribió: "Es maravilloso, y me avergüenza, que siempre tuve desconfianza. Es un gran éxito. Me sentiré orgulloso si su comité me considera digno de ser miembro honorario de su Sociedad" (Vida de Darwin, págs. 307 a 308).

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con carne cruda, y eran sensuales y diabólicos hasta no poder más. El Honorable Ricardo Daña describe su visita a Hawai cuarenta años después de que los misioneros habían empezado su trabajo allí, diciendo: "No encontré ni una choza sin una Biblia e himnario, y el culto de familia y la bendición antes de la comida, eran tan universales como lo eran hace cien años en la Nueva Tierral."

Las Islas Fiji presentan, tal vez, el milagro más impresivo de las misiones, en el mundo. Dice Santiago Calvert, uno de los primeros evangelistas de este pueblo: "Cuando llegué por primera vez al grupo de Islas Fiji, mi primer deber fue el de sepultar las manos, pies, cabezas, y los huesos de los brazos y piernas de ochenta víctimas cuyos cuerpos habían sido asados y comidos en un banquete caníbal. He vivido bastante tiempo para ver a los mismísimos antropófagos que tomaron parte en aquella fiesta inhumana, reunidos en derredor de la mesa del Señor." Y todo esto sucedió en cincuenta años. Aun en el año 1879, Sir Arturo Gordon, el primer gobernador inglés, al volver a Londres dijo: "En una población de como ciento veinte mil, ciento dos mil acuden con regularidad a adorar en las iglesias, las cuales llegan al número de ochocientas, todas bien construidas y completadas. En cada familia hay culto en la mañana y en la noche."

1. Carta a la "Tribuna", de Nueva York.

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La famosa inscripción en honor del Dr. Juan Geddie, en la iglesia de su estación en Aneityum, suena más como cosa de novela que como registro de un hecho:

"Cuando desembarcó aquí en 1848 no había cristianos:

Cuando se fue de aquí en 1872 no había paganos."

Pero sólo tiene uno que leer la historia de la evangelización de aquella isla, para comprender cuan literalmente las palabras pueden entenderse.

Sí pedimos testimonios con respecto al mejoramiento de los paganos conversos, el Capitán Briggs, en su libro "Días Alegres en Salwin" (Sunny Days en Salween), escribe: "Como oficial de ocho o nueve años de experiencia en esta costa, puedo afirmar la grande elevación moral entre los karenes. Me aventuro a declarar que diez villas cristianas dan menos batalla a los gendarmes, que una sola villa de karenes paganos. En verdad nuestros registros demuestran que en una población pagana, la de Taungbyuk, hay más crímenes que en todo el distrito cristiano de esta provincial."

1 Para sostener este punto, la siguiente estadística comparativa del número de crímenes cometidos entre los adherentes de la India Meridional, es muy sugestivo. Es dado por el "Correo Semanario", de Muarás, de enero 26 de 1887. Hay un criminal por cada 447 hindúes, uno por cada 728 musulmanes, y uno por cada 2,500 cristianos.

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Wallace, el distinguido naturalista, escribiendo acerca de Minahasa en Célebres, dice: "Los misioneros tienen derecho a estar orgullosos de este lugar. Hace cuarenta años la tierra era un desierto, y el pueblo una multitud de bárbaros desnudos, que adornaban sus chozas rudas, con cráneos humanos. Ahora el lugar es un jardín digno de su hermoso nombre nacional." Escuchemos otro testimonio con respecto a uno de los campos misioneros más grandes y más importantes en el mundo, India: Sir Bartle Frere, un testigo muy eminente hace esta afirmación: "Hablo sencillamente como de cosa de experiencia y observación, y no de opinión, justamente como un prefecto romano podría haber informado a Trajano o Antonino; le aseguro que díganle lo que le digan en contra, las enseñanzas del cristianismo entre los ciento sesenta millones de hindúes y mahometanos civilizados e industriosos de la India, están efectuando cambios morales, sociales y políticos, que por la extensión y la rapidez de sus resultados, son mucho más extraordinarios que ninguna cosa que Ud. o sus padres hayan visto en la Europa moderna."

Estos son testimonios que podrían aumentarse hasta hacer un volumen, si fuera necesario. Hemos escogido éstos, porque en su mayor parte son de legos y jurisconsultos que contemplan la obra desde distintos puntos de vista. "¿Pues que diremos a esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?" Esta fue la pregunta de Pa-

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blo y la respuesta de Pablo. ¿Qué si vamos más lejos y decimos, "Si Dios en nosotros, ¿quién contra nosotros?" Este es el método de Dios para salvar a la humanidad perdida. Pone su propia vida en la raza. Cada regeneración es un latido del corazón de Dios en el corazón del hombre; la redención que empezó al verter Cristo su sangre en la cruz, es llevada de siglo en siglo por la comunicación de su vida a las almas humanas. No es la naturaleza en su estado más alto, ayudando a la naturaleza en su estado más bajo. Es lo divino ayudando a lo humano; es Dios juntando en yugo su naturaleza santa con nuestra naturaleza perdida e impotente, para poder sacarla de su condición baja. Es un hecho tan grande esta comunicación de la vida de Dios a los hombres, que Neander lo ha llamado correctamente "el milagro de los milagros, la suma de todos los milagros; "el milagro permanente de los siglos."

 

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