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DISCURSO I.

EL PROGRAMA DEL ESPÍRITU SANTO PARA LAS MISIONES

"Es evidente que la presente dispensación en la cual vivimos, es la dispensación del Espíritu, o de la Tercera persona de la Santísima Trinidad. A El, en la economía divina, ha sido confiado el oficio de aplicar la redención del Hijo a las almas de los hombres, por la vocación, justificación y salvación de los elegidos. Estamos, por lo tanto, bajo la dirección personal de la Tercera Persona, tan verdaderamente como los apóstoles estuvieron bajo la dirección de la Segunda."—Enrique Eduardo Manning.

 

I.

EL PROGRAMA DEL ESPÍRITU

SANTO PARA LAS MISIONES

Es ciertamente razonable y propio que al primer concilio de la Iglesia Cristiana le fuese entregado un programa completo de la redención del mundo. En la historia de aquel concilio, como la tenemos narrada en el capítulo quince de los Hechos de los Apóstoles, se encuentran varias expresiones de profunda significación. "Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras" es la declaración vigorosa sobre la cual se basa la autoridad de aquel informe. Dios no obra al azar, ajustando sus planes a las circunstancias variables modificando, cambiando y volviendo a hacerlos según demanden las exigencias. Su plan se extiende desde la eternidad hasta la eternidad. Jesucristo es el Arquitecto de los siglos, conforme a aquel dicho notable en los Hebreos: "Por medio de quien también hizo los siglos ". Cada dispensación sucesiva tiene su propio carácter distinto—como resultado de la que le precede y la introducción de la que le ha de seguir—y todos los siglos, conforme a un plan arreglado de antemano, conducen hacia aquel acontecimiento divino esperado por toda la creación.

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Otro hecho que se hace manifiesto en la historia consignada en los Hechos, es la presencia y la presidencia del Espíritu Santo, en este concilio. La promesa de Cristo con respecto al Paracleto: "Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador o Abogado, para que esté con vosotros para siempre", había sido tan literalmente cumplida, que su presencia era ya justamente tan real y personal como la de cualquiera de los apóstoles. "Que ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros", es el lenguaje sencillo en que se expresa la decisión del concilio. Pedro y Pablo, Santiago y Bernabé habían estado presentes en la asamblea; pero otra Persona y más augusta estaba allí también—el Espíritu Santo; "el Administrador Ejecutivo de la Trinidad", como ha sido llamado; el Convocador y Administrador de la Iglesia Cristiana, podemos llamarle apropiadamente. Él fue quien dictó y reveló este programa de misiones, y había de ser desde entonces, su oficio, llevar a cabo sus arreglos hasta el fin de los siglos. Consideremos por un momento este programa divino, así como si examináramos nuestro libro guía, antes de partir para un país no explorado.

"Simeón ha declarado cómo Dios al principio visitó a los Gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto, volveré y restauraré la habitación de David que estaba caída, y repararé sus ruinas, y la volveré a levantar; para que el resto

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de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles sobre los cuales es llamado mi nombre, dice el Señor, que hace todas estas cosas."

Parecerá, según las miras de no pocos expositores cuidadosos, que este pasaje bosqueja dos grandes pasos en la redención de los gentiles:

1. Una redención electiva que sigue al desechamiento de Israel, subsiguiente al primer advenimiento de Cristo. 2. Una redención universal después de la restauración de Israel en los últimos días. Sin embargo, como algunos opinan que esta es una inferencia demasiado inclusiva para ser sacada de este texto, no quisiéramos basar nuestra conclusión sobre él sólo, sino verificar e interpretar las palabras de Santiago con las de otros dos miembros de este concilio— Pablo y Pedro—quienes han hablado en otra parte por el Espíritu Santo, sobre el mismo asunto.

Pablo, en su argumento en el capítulo once de Romanos, empezando con la elección de los judíos, da exactamente el mismo bosquejo que el que parece ser sugerido por Santiago; y Pedro en el segundo capítulo de los Hechos, hablando de la conversión de Israel, da a entender que esa conversión es el requisito para que se verifique el grado final de bendición universal en el mundo. Los expositores están generalmente de acuerdo con respecto a lo que quieren decir Pedro y Pablo; y así como, al descifrar la inscripción trilingüe de la piedra Roseta, la inscripción desconocida fue interpretada por

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medio de las dos conocidas, somos conducidos a creer que tienen razón los que encuentran en el discurso de Santiago en el concilio de Jerusalem, los dos grandes pasos que acabamos de mencionar1.

Estamos ahora en el primero de estos períodos; y ¿cómo hemos de describirlo? En un reciente discurso sobre las misiones, el Dr. Ricardo S. Storrs caracteriza el presente siglo como "el magnífico paréntesis de la historia, entre la ascensión y la segunda venida del Maestro en los cielos." Sea que pensara hacerlo o no, el eminente predicador, al decir esto, emite su opinión dogmática, sobre una de las cuestiones más interesantes de la economía misionera. La economía en la que estamos viviendo ahora, ¿será un paréntesis? o ¿será un capítulo completo, al fin del cual, el ángel ha de escribir Finis, mientras suena la última trompeta y suceden los terrores del juicio final? Si hemos de aceptar la declaración de los más maduros eruditos bíblicos, tendremos que opinar como el Dr Storrs que el orden presente es un paréntesis, en lugar de un final; que es preparatorio, en vez de ser último2. Si preguntamos

1. Esta interpretación el lector la hallará admirablemente enseñada en la Introducción al Libro de los Hechos. del Profesor Stifler (Páginas 137-141).

2. El Profesor Lutharot expresa la doctrina más ampliamente aceptada acerca de los últimos acontecimientos, cuando declara que el "fin" que está predicho ha de seguir a la más amplia predicación del Evangelio en el mundo, no coincide con el fin del mundo: sino con la terminación de la actual dispensación de elección que será continuada por la edad milenaria de redención universal.

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cuáles son los acontecimientos de la historia divina entre los que este paréntesis se encuentra, sólo tenemos que leer el gran discurso de Pablo acerca de las economías, en el capítulo once de Romanos para encontrar la respuesta más clara.

Empezando con la pregunta patética: "Digo pues, ¿Ha desechado Dios a su pueblo?" el apóstol raciocina en cuanto a la interrupción que ha sucedido en la historia judaica. Allá se ve un capítulo del glorioso pasado; allá está otro capítulo del futuro que ha de ser glorioso. Pero entre éstos dos, está el terrible intermedio del desechamiento, y juicio nacionales de Israel. Pero por la gracia de Dios, este intermedio no es un blanco, sino que es un paréntesis repleto, al fin del cual volverá a trabarse el argumento principal, para que siga a sus sublimes conclusiones. Si preguntamos qué cosa ocupa este paréntesis la respuesta es "la Ecclesia", la Iglesia llamada a constituir "un nuevo hombre", el Cuerpo y la Esposa de Cristo. Cuando este cuerpo esté completo, se restituirá, de nuevo aquella antigua nación de los israelitas "de los cuales es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto y las promesas; cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por siglos. Amén" (Rom. 9:4, 5), El intermedio en la historia de Israel ha de durar sólo "hasta que haya entrado la plenitud—la pleroma--de los gentiles", cuya palabra se traduce

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en otra parte "lo que se pone para llenar" (Mat. 9:16). Entonces el paréntesis de la elección, da lugar a los capítulos últimos de la redención. "Y luego todo Israel será salvo." Qué resultados tan vastos para las naciones gentiles han de seguir a esta restauración, están indicados por aquellas grandes preguntas del apóstol: "Y si la falta de ellos es la riqueza del mundo, y el menoscabo de ellos es la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más el henchimiento de ellos?" "Porque si el extrañamiento de ellos es la reconciliación del mundo, ¿qué será el recibimiento de ellos, sino vida de los muertos?" (Rom. 11: 12; 15).

Este es el bosquejo del plan de redención enseñado por Pablo, y se verá al paso que proseguimos, como los términos de nuestra gran comisión misionera se ajustan a él, verificándolo y siendo verificados por él1.

I. En primer lugar, nuestro trabajo de predicar el evangelio a los paganos se describe como un testimonio. Dice nuestro Señor: "Y será predicado este evangelio en todo el mundo, por testimonio a todos los gentiles: y entonces vendrá el fin" (Mat. 24:14). Y con esto concuerdan las palabras de la promesa hecha para el día de Pentecostés: "Recibiréis la virtud del Espí-

1. Los pasos sucesivos en el orden de la redención, son establecidos por el Rev. Hugh McNeil como sigue: Una elección de los judíos: luego una elección de los gentiles:en seguida la totalidad de los judíos, y por último la totalidad de los gentiles.

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ritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hech. 1:8).

Ser testigos al mundo y ganar el mundo no son necesariamente empresas coextensivas; y cuando la iglesia haya testificado el evangelio de la gracia de Dios entre todas las naciones, puede ser que haya todavía multitudes desobedientes al mensaje celestial. Por lo tanto afirmo osadamente, que en ninguna parte ha sido asignada a la Iglesia la tarea de convertir al mundo en esta dispensación. Que no se ofenda nadie por esta declaración, puesto que agrega enfáticamente que, aunque nuestra empresa no es la de traer a todo el mundo a Cristo, es incuestionablemente la de traer a Cristo a todo el mundo. La teología de las Misiones, como la teología de la redención, tiene su centro en Cristo; es decir, nos paramos junto a la cruz y de allí nos dirigimos hasta los confines de la tierra, en lugar de cogernos de los confines de la tierra para traerlos a Cristo. ¿No es obvia la diferencia entre los dos conceptos? La marea del deseo del mundo no es hacia Cristo, pero la marea del deseo de Cristo es hacia el mundo;

como está escrito: "El cual quiere que todos los hombres sean salvos." Y ¿no nos moveremos con más fuerza yendo con la corriente que contra ella? Es extraordinario que todas las predicciones y comisiones misioneras, tomen a Cristo como el centro. "Que se predicase en su nombre

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el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalem"; de Jerusalem donde Cristo fue crucificado y se levantó de los muertos. "Mas vosotros asentad en Jerusalem, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto" (Luc. 47, 49); en la ciudad de Jerusalem, donde fue dado el Espíritu, y donde Cristo, entrando en su Iglesia por medio del Espíritu Santo, tuvo una especie de segunda encarnación en su cuerpo místico.

Aquí está nuestro punto de partida. Si nos proponemos la tarea de traer el mundo a Cristo, tenemos en contra de nosotros toda la infidelidad, y toda la inercia y toda la hostilidad del mundo. Si hacemos lo que se nos manda, llevar a Cristo al mundo, tenemos todo el impulso y potencia de su vida y amor para llevarnos adelante en nuestra obra. Aquí se aplica el principio, Teneo et Teneor. Llevad a Cristo a los paganos, y seréis llevados por Cristo, esforzados e impelidos divinamente en vuestro trabajo. Por esto, obsérvese el orden divino: No es "me seréis testigos", como se lee en la versión común, sino "seréis mis testigos." No hemos de estar en el mundo testificando a Cristo, sino estar en Cristo testificando al mundo. "Dios me es testigo", escribe el ferviente apóstol a los gentiles, "de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Jesucristo" (Fil. 1:8). No es la filantropía, el amor del hombre, sino la filo-Cristía, el amor de Cristo lo que constituye el más grande motivo misionero. El camino más corto para

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llegar al corazón de la humanidad afligida, es por el corazón del Varón de Dolores. Por esto aceptamos como la verdadera contraseña evangélica "Cristo para el mundo", en lugar de "El mundo para Cristo."

No es que no creamos en la conversión del mundo. Con sumo énfasis afirmamos esta esperanza. Cristo no puede ver del trabajo de su alma y ser saciado; la Escritura que no puede quebrantarse, no será cumplida hasta que nuestro Emmanuel sea confesado y adorado "de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra." La única duda se refiere al orden y método de consumar este resultado divino. Hay una perspectiva profética, o más bien, puedo decir, una perspectiva histórica, puesto que la profecía no es más que la historia predicha, así como la historia no es sino la profecía cumplida. Es, el dejar de darse cuenta de esta perspectiva, lo que ha tenido por resultado equivocaciones sobre este punto. Las montañas deleitosas de justicia y paz se divisan claramente al través de las vistas de la profecía; pero hay un valle que a veces no se ve entre nosotros y éstas; y hasta que sea atravesada la economía de elección que constituye este valle, no podemos llegar a la tierra deleitosa para regocijarnos en el cumplimiento de aquella antigua promesa: "Y acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová, por cabeza de los montes: y será ensalzado sobre los

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collados, y correrán a él todas las gentes" (Isa. 2:2).

"Súbete sobre un monte alto, oh Sión, anunciadora de buenas nuevas!" Que obedezca este mandato mañana tras mañana el cansado misionero, para refrescar su alma con una visión de aquel tiempo cuando "no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: conoce a Jehová: porque todos le conocerán desde el más pequeño de ellos, hasta el más grande." Pero al tiempo de mirar así tan lejos, que no se olvide del valle de testimonio y prueba. El Tentador llevó a Jesús a "un monte muy alto" y le ofreció todos los reinos del mundo con tal que le adorara. Esos reinos eran suyos, según la promesa en el antiguo pacto del Padre; pero el valle de la humillación, con su cruz y sudor de sangre, estaba entre él y la consumación de aquella promesa. Cristo no podía ser tentado a pasar por alto aquel valle y aceptar la corona del dominio universal, antes de haber tenido la corona de espinas. La Iglesia ha faltado repetidas veces, donde el Maestro estuvo firme; pues ha procurado posesionarse del reino, en el tiempo de su humillación. La Esposa no es mayor que el Esposo; así como él tuvo los padecimientos señalados, que no podía evitar antes de tener la corona, así es ordenado a su Iglesia cumplir "lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia", antes de llegar a su trono. La economía de testificar tiene que ser terminada, antes de

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que pueda inaugurarse la economía de reinar. Y afirmamos que el misionero será más fuerte y más valeroso, si trabaja conforme el orden divino; si mientras edifica, sigue el plan de arquitectura de los siglos, que está tan claramente bosquejado en las Escrituras. Un período terminó con el primer advenimiento de Cristo; otro ha de acabar con su segunda venida para tomar posesión de su reino; y el otro terminará al fin del milenio y su entrega de su reino al Padre. Estos períodos son "las grandes gradas del altar del mundo que conducen al través de las tinieblas hasta Dios allá arriba." Sobre cada peldaño, la redención es llevada hacia arriba hasta un nivel más alto de bendición, y hacia afuera hasta una expansión más amplia de gracia, hasta que toda la raza sea restaurada a la gloria del Paraíso. Así, Dios obra despacio. Miles de años se interponen entre sus pasos; y sus siervos tienen que seguirle "en el reino y paciencia de Jesucristo."

Aunque la frase "será predicado este evangelio por testimonio", es de Cristo, y no del hombre, muchos hablan con desprecio de ella, considerando semejante concepto del trabajo misionero, como superficial, y del todo indigno de un evangelismo agresivo. Si tal testimonio fuera el todo y el fin de la empresa misionera, la acusación sería justificada. Pero por el contrario, lo consideramos como preparatorio e introductorio. Se cree por muchos estudiantes inteligentes de la Escritura, que ha de haber un derra-

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mamiento del Espíritu "sobre toda carne" literalmente, al fin del siglo, así como lo hubo de una manera típica, al principio; porque las Escrituras afirman distintamente, que eran las primicias del Espíritu" las que fueron dadas en el Día de Pentecostés. Entonces el Espíritu Santo fue derramado sobre los representantes de "todas las naciones debajo del cielo." Pero después de las primicias viene la siega, cuando habrá una efusión universal del Espíritu. Pero Dios no envía su Espíritu directamente, sobre el mundo infiel. Hablando del Paracleto, Jesús dice: "Al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce." Así como cuando el Espíritu Santo fue dado al principio a una Iglesia escogida y rociada de sangre que había sido preparada para difundirle, así será en el gran Pentecostés final. Iglesias para testificar, tendrán que haber sido establecidas entre todas las naciones, para constituir las vasijas y receptáculos del Espíritu—centros de distribución, si podemos decirlo así, para el desbordamiento del Espíritu Santo que ha de influir en los millones aún no salvos. En otras palabras, el evangelio tiene que estar en todo el mundo y entre todas las naciones, antes de que pueda llegar el tiempo para la conversión de todo el mundo.

II. Según el programa divino que vamos exponiendo, la obra del siglo presente es la de elegir, así como la de testificar. Simeón ha contado cómo Dios "primero visitó a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre."

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Esta nueva dirección dada al plan de la redención, había sido revelada a Simón Pedro en su visión en Joppe, y después confirmada por el derramamiento del Espíritu, sobre la casa de Cornelio. Algunos pueden pasar por alto esa visión sobre el techo, juzgándola un sueño fantástico; pero nosotros estamos más inclinados como algunos de los antiguos alegoristas, a ver en ella un ejemplo del simbolismo divino. Aquel vaso, como un gran lienzo bajado a la tierra, lleno de animales inmundos de toda clase, y luego recogido de nuevo en el cielo—Debemos poner cuidado de no leer en la Escritura, lo que no está realmente en ella; pero al menos podemos encontrar en este pasaje, una representación viva de la Iglesia de los gentiles. En el Día de Pentecostés, la Iglesia fue bajada del cielo. Dentro de ella habían de ser encerrados y limpiados, los que hasta ahora habían sido contados como inmundos, "alejados de la república de Israel, y extranjeros en los pactos de la promesa." El escogimiento y el recogimientos de los tales, se verifica ahora, y continuará hasta que el número de gentiles elegidos sea completado; entonces la Iglesia será recibida de nuevo en el cielo, en la venida del Señor en la gloria (1 Tes. 4:17).

El dicho de que "en el Día de Pentecostés la Iglesia fue bajada del cielo" necesita una palabra de explicación. Lo que la Escritura llama la ecclesia—los elegidos (los llamados fuera), no es sencillamente un cuerpo de creyentes asocia-

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dos voluntariamente para el culto y servicio de Dios. Semejante definición, aunque se da con frecuencia, es completamente inadecuada. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, compuesto de almas creyentes, nacidas espiritualmente y unidas a la Cabeza por el Espíritu Santo. Como quiera que los discípulos se hayan asociado, no podría haber habido Iglesia en el sentido que da el Nuevo Testamento a la palabra, hasta que Cristo bajara en la persona del Espíritu Santo, como el centro constituyente de la Iglesia. La primera declaración que sigue a la narración del sermón de Pedro en el Día de Pentecostés, es: "Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados: y fueron añadidos a ellos aquel día como tres mil personas" (Hech. 2:41). ¿A quiénes fueron añadidos éstos? Los traductores, en nuestra versión común, han insertado "a ellos." Pero estas palabras no están en el original; y no es cierto que los primeros creyentes fueron añadidos a los apóstoles, bajo cuya predicación fueron convertidos. Una narración hecha después en los Hechos, da una manifestación más plena de esta unión: "Y mucha compañía fue agregada al Señor" (Hech. 11:24). Aquí tenemos el verdadero principio de la acrecencia espiritual. Jesucristo es el primer íntegro en la Iglesia: él es la unidad divina y está a la cabeza de la columna para dar valor a todos los que estén agregados, así como la cifra numérica lo da a las figuras que estén colocadas a su derecha. Por lo tanto, hasta que Jesucristo bajó en

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la persona del Paracleto y tomó su lugar en medio de sus hermanos, no empezó a existir la Iglesia. Pero tan pronto como había hecho esto, y aunque uno o dos hubieran sido agregados al Señor, entonces había sido establecida la verdadera Ecclesia; y desde ese tiempo en adelante podría decirse: "Y el Señor añadía cada día a la Iglesia, los que habían de ser salvos" (Hech. 2:47)1. Y esta adición seguirá hasta que sea recogido el último discípulo de entre los judíos y los gentiles. Entonces la Iglesia será arrebatada en las nubes a recibir al Señor en el aire (1 Tes. 4:17). Este es el "misterio que en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres . .que los gentiles sean juntamente herederos, e incorporados" con los judíos. Este es el "un nuevo hombre" en Cristo, hecho de judío y gentil—un cuerpo que no se ha asociado voluntariamente, sino que ha sido escogido con el poder soberano del Espíritu Santo para su morada. Así como el recogimiento de la Iglesia se extiende desde el primer advenimiento hasta el segundo, así el método de ese recogimiento—la elección por gracia—prevalece durante todo este período.

Que no se piense que dando énfasis a la doctrina de elección, estamos tratando de magnificar un dogma de teología, severo, y para

1. La Versión revisada, dice: "Y el Señor añadía a ellos cada día los que habían de ser salvos."

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muchos repulsivo. Sólo deseamos llamar la atención al uso práctico de este principio. El primer grado en el programa de la redención, es el del recogimiento por medio de la elección. Siempre que en la historia de las misiones, los hombres han pasado por alto esto y procurado establecer el cristianismo, recibiendo a todos, su método ha mostrado que es completamente desastroso para los intereses de la religión espiritual. El cristianismo católico romano por una parte y el cristianismo latitudinario por otra, han procurado constantemente, valerse del último grado de la redención en el tiempo de su período preparatorio; y ¿con qué resultados? El romanismo ha hecho de sus sacramentos una red para recoger a naciones enteras de un golpe y encerrarlas en la Iglesia; y el resultado de sus misiones ha sido que al cristianizar a los paganos, ha vuelto pagano al cristianismo.

El racionalismo con su dicho de que "la Iglesia es coextensiva con la raza humana", ha repudiado prácticamente, la gran comisión, sacando por conclusión lógica, que es una tarea superflua procurar meter en el redil a los que no están realmente fuera de él. A la luz de siglos de historia cristiana, afirmamos osadamente que el principio de la elección contiene tanto el secreto, como la salvaguardia del éxito misionero; porque nos obliga a trabajar por aquel nuevo nacimiento de almas individuales por el cual los discípulos son separados del mundo, y nos defiende de aquel "multitudinismo" por el

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cual la Iglesia está sumergida en el mundo.

El Dr. Warneck, que es una alta autoridad en las misiones, tan plenamente reconoce esta verdad que, aunque hace una cuidadosa defensa de "cristianizar por naciones", basándose en las palabras de la comisión, "discipulad todas las naciones", no obstante da a entender que la verdadera obra del misionero es "la consumación del decreto divino de la elección; la salvación de la pequeña grey a la cual es el placer de vuestro Padre Celestial dar el reino"1.

No obstante es necesario que indaguemos diligentemente respecto al verdadero propósito de este recogimiento divino de entre las naciones. La elección ¿será un fin en sí misma? o ¿será un medio soberano para alcanzar un fin aun más sublime? Los que opinan que la presente edad es final, y sin embargo creen la doctrina ortodoxa de la elección, son reducidos lógicamente al pesimismo más desesperado. Porque aunque juntan con esta doctrina su contraria—la de la conversión del mundo—no pueden mostrar evidencia ninguna de que el círculo de la elección esté ensanchándose para incluir la redención universal. Los hechos, como son presentados por una autoridad eminente, el Rev. Santiago Johnston, en su "Siglo de Mi-

1. "Historia de las Misiones Protestantes", página 51. La política de las misiones moravias es establecida por Spangenberg como sigue: "Estamos convencidos de que no somos llamados a efectuar conversiones nacionales; sino a introducir naciones enteras a la Iglesia Cristiana."

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siones", son muy significativos. Descubre por una cuidadosa investigación que "la población pagana y mahometana del mundo llega a doscientos millones más de lo que era hace cien años; pero los conversos y sus familias no llegan a tres millones." "Al mismo tiempo que nos regocijamos en la obra hecha por las misiones cristianas modernas", dice, "lamentamos el triste hecho de que el aumento de los paganos es setenta veces más grande que el de los conversos, durante el siglo de misiones." ¿Qué impresiones debe hacer en nosotros la narración de semejantes hechos? ¿Debe hacernos doblar las manos y dejar de esforzarnos ante una tarea que no ofrece esperanza ninguna? ¡De ninguna manera! Más bien debe hacernos redoblar nuestros esfuerzos para predicar el evangelio a toda criatura; y entre tanto a rogar con más grande fervor a la Cabeza de la Iglesia: "que te complazca cumplir pronto el número de tus elegidos, y apresurar la venida de tu reino." No podemos menos que creer, por muchas indicaciones y analogías de la Escritura, que la elección es una especie de conscripción divina para el ejército de Emmanuel; y que cuando este ejército haya sido completado, el Señor lo encabezará personalmente, y se pondrá en marcha para efectuar la conquista final de las naciones. Muy vivamente nos retrata el Apocalipsis la escena final. Son venidas las bodas del Cordero. La Esposa es presentada al Esposo vestida "de lino fino, limpio y brillante:

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porque el lino fino son las justificaciones de los santos"; juntamente con él se convierte ahora en una guerrera: "Y los ejércitos que están en el cielo lo seguían en caballos blancos, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio. Y de su boca sale una espada aguda, para herir con ella las gentes: y él los regirá con vara de hierro" (Rev. 19:7, 14).

Aquí tenemos una especie de exposición dramática del Salmo segundo. Las palabras de ese Salmo—"Pídeme, y yo te daré por heredad las gentes, y por posesión tuya los términos de la tierra"—se citan de continuo como una profecía del triunfo misionero final; la conversión del mundo entero a Cristo. Pero el refrán que sigue inmediatamente—"quebrantarlos has con vara de hierro; como vaso de alfarero los desmenuzarás"—suena extraño si es una descripción de la conversión de las naciones por las conquistas pacíficas del evangelio. En el Apocalipsis vemos la exposición de la profecía. Es la Iglesia glorificada, asociada con su Señor en su vuelta, la que ahora cumple las palabras del salmista. El juicio ha sucedido a la evangelización; la Iglesia, como una Esposa-Guerrera sale con él quien en vestiduras rociadas de sangre lleva ahora el real título de "Rey de reyes, y Señor de señores". Pero es "la espada de su boca" por la cual las naciones son traídas a la sujeción final. Hasta el fin, según creemos, "la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios", será el arma de Jehová todo conquistadora.

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No podemos menos que creer que es posible una reconciliación clara y bíblica entre aquellos que esperan la conversión del mundo y aquellos que esperan solamente el recogimiento de los gentiles durante la presente economía. La conversión del mundo es predicha y prometida en multitudes de textos inspirados. Sólo mantenemos que este grado de redención no puede verificarse hasta que haya terminado al fin del siglo el período previo de testimonio y elección en todo el mundo. Entonces nuestro Señor glorificado tomará su gran poder y reinará, y sólo entonces le serán dados los confines de la tierra como posesión.

Hay motivo, pues, de esperanza y gozo indecibles. El río es angosto; pero conduce a la mar:

la elección es restringida, pero es la precursora de la redención universal. Es delusorio decir que el río mismo es la mar—esto es, que la elección y la salvación universal son idénticas. Por otra parte, descorazona no tomar en cuenta sino el río, como parecen hacerlo los que ven en la elección, el fin o consumación de la gracia soberana. No te impacientes a causa del cauce angosto que todavía encierra los triunfos del evangelio, de modo que la verdadera Iglesia de esta economía parece sólo un pequeño arroyo límpido, corriendo al través de las naciones en vez de un mar que las abraza y las rodea a todas; pero no dejes de ascender a veces a las montañas de la profecía, donde se puede ver la corriente vertiéndose en la mar.

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Un misionero ya anciano cuya vida ha sido dedicada noblemente a la obra del evangelio en el Oriente, describe así un incidente a su propia experiencia: "Una vez subimos a la cumbre de una montaña en las Ghats occidentales buscando el origen del Godavari, uno de los ríos más grandes de la India. Llegamos al fin a un lugar donde caían unas gotas; pero eran tan pocas que por dos o tres segundos tuvimos toda el agua en la mano. Luego, con la vista seguimos el arroyuelo que descendía, viéndolo ensancharse gradualmente. Lo seguimos con el pensamiento en su curso hacia el oriente, hasta la Bahía de Bengala, mientras 'con pompa de aguas irresistibles' se ensanchaba y ensanchaba hasta que se hizo capaz de fertilizar diez mil acres que de otro modo habrían permanecido para siempre desiertos. Así hemos procurado trazar desde su comienzo casi imperceptible, la corriente de la empresa misionera moderna. ¡Cuán vasto el cambio tanto en nuestra tierra como en el extranjero! Pero todo lo que ya hemos visto no es sino el principio. Porque el bendito río corre y seguirá corriendo, siempre ensanchándose y profundizándose, haciendo alegrarse el desierto y la soledad, y gozarse y florecer como la rosa, el yermo"1.

Muy verdadera e inspiradora es esta pintura. Pero no es completa. La obra de librar a los

1. "Misiones extranjeras de las Iglesias Protestantes", por J. Murray Mitchell, L.L.D. (Caps. 30-31).

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hombres de "este presente siglo malo" parece a muchos casi concluida, y ya han gustado los poderes del siglo verdadero." Desde su elevado punto de vista no pocos no sólo pueden seguir con la vista el río que va siempre ensanchándose, sino que pueden vislumbrar la desembocadura, de modo que, como los soldados de Xenofonte, claman: Thalasse, Thalasse—"¡La mar! ¡La mar!" Y el testimonio interior responde a la visión exterior:

"Un murmullo solemne en el alma

Habla del siglo venidero,

Como oyen los viajeros el océano

Antes de llegar a la mar."

Pronto el angosto río llegará al grande y ancho océano; pronto lo que es en parte, será quitado, y lo que es perfecto habrá venido cuando "la tierra será llena de conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren la mar."

 

 

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